jueves, 13 de febrero de 2014

Política sin políticos

Política sin políticos

¿Tu verdad?  No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla.La tuya, guárdatela.
-Antonio Machado
Políticos prácticos: moderna plaga de hombres que de nada entienden y de todo se apoderan, en ansia de mando y de lucro, estorbando la función de quienes ponen saber y virtud al servicio y ejemplo de la sociedad.
-Pedro Henríquez Ureña
But what is to be done when democratic politics is experienced as nonsense -as quite literally a theatre of the absurd, the play where nothing happens?  What is to be done when the practice of politics becomes transparently vacuous and farcical -reduced to deploying trite slogans and repetitive gibberish (“talking points”) to move demographic pieces into position at key places on the board (“battleground states”) so as to put a mark in the win column for the red or the blue team, with the consequence of nothing much changing? What is to be done when what was once considered the most human of activities becomes a “horse race”?  Our options, it seems, are to step back and lampoon this political burlesque, with its ludicrous caricatures and clichés, or to suspend thought and reflection and throw ourselves in as fan(atic)s.
-Steven Bilakovics
Se cumplió un año de la inauguración de la presente administración del Partido Popular, la cual logró volver a ser gobierno prometiendo distanciarse de las políticas y estilos de la pasada administración PNP. Frente a un gobierno casado con políticas neoliberales, enfermizamente mendaz, carente de transparencia y de estilos atropellados, el PPD logró prevalecer en las elecciones prometiendo que bajo su gobierno sería “primero la gente”, en una gestión de transparencia, verdad, diálogo y conciliación puertorriqueña. Lamentablemente, a tan solo un año del comienzo del nuevo gobierno, las esperanzas de cambio cifradas por muchos en los candidatos del PPD, se han esfumado.
Nuevamente se repite la historia. Una vez instaurados en el gobierno, vemos cómo los antiguos promotores del cambio usualmente comienzan a comportarse de formas similares a las que antes criticaban a sus opositores. Por ejemplo, la manera en que el gobierno impuso la reforma en el plan de retiro de los maestros, caracterizada por falta de diálogo y de transparencia, así como el adoptar procesos vacuos por mera formalidad (como las vistas públicas celebradas), deja mucho que desear. Pero si indignante resultó ver a quienes prometieron que la gente sería primero, descartar a la gente, igual de irritante resulta observar a los legisladores del PNP alentando a los manifestantes. Quienes ayer promovían tratar a “a patadas” a los opositores de sus políticas gubernamentales, hoy pretenden fungir de defensores de quienes protestan desde las gradas del Capitolio, aquellas que ellos en su día clausuraron.  Ese doble discurso de nuestros políticos de profesión, resulta realmente insultante.
Por ello, en muchas ocasiones, leer la prensa diaria se convierte en un ejercicio de auto-flagelación. Y si cuando cerramos el periódico, encendemos la radio o la televisión para escuchar algún programa de análisis noticioso de esos donde con regularidad entrevistan a políticos y funcionarios gubernamentales, pues ya estamos hablando de sacarnos el hígado y ponerlo a marinar en vinagre. Si a causa de esos hábitos masoquistas no nos insensibilizamos o se nos embota la inteligencia, entonces seguramente experimentaremos una mezcla de sentimientos y emociones oscuras, que fluctuarán entre diversos grados de frustración, ira, asco y temor. Y es que una cosa es mantener honestas opiniones divergentes sobre cómo enfrentar determinado problema, y otra muy distinta es mangonear la verdad y desvirtuar constantemente hechos ciertos. Ese cinismo de nuestra clase política, además de ser una descarada falta de respeto al país, se convierte en uno de los principales escollos a cualquier posibilidad de búsqueda inteligente de soluciones a nuestros problemas colectivos.
Personalmente, todavía no tengo claro qué me revienta más: si escuchar a tantos incompetentes queriéndoselas dar de conocedores, o a gente inteligente y bien preparada, haciéndose los desentendidos. Quizás da igual, pues al fin y al cabo se trata del mismo vicio, a saber: el continuo recurrir de las personas públicas a la demagogia y la mentira, para siempre tratar de justificar lo injustificable. Y es que, por regla general, nuestros políticos son sofistas profesionales.1 
Por regla general, para nuestros políticos todo es según el color del cristal con que se mira, y su trabajo consiste en meternos en los ojos lentes del pigmento que les convenga. El asunto es poder lucir bien ellos, pues todo lo demás es relativo. Lo valioso en sí mismo es el arte de convencer (o de engañar), según la controversia en cuestión y el lado de la cancha en que se encuentren jugando. Los valores y las referencias éticas, así como los hechos objetivos, son ajustados a la conveniencia circunstancial y necesidades prácticas del actor. Dice un refrán popular que dos más dos son cuatro, aunque lo diga un loco. Sin embargo, en boca de nuestros políticos de profesión, dos más dos son cinco, como las patas del gato. Todo ello, demostrando una indefendible doble moral, pragmática y oportunista. Doble moral, que de moral no tiene nada, pues el relativismo, en la medida en que promueve la sustitución de lo cierto por lo deseado, del valor por la conveniencia, y de lo objetivo por lo subjetivo; choca directamente contra la ética. De esa forma, la política electoralista se convierte para estos en un juego. Como bien reconoce el profesor de ciencias políticas de la Universidad de Yale, Steven Bilakovics: “Elections, those most pivotal of liberal democratic moments, now comprise the “silly season,” during which people say the most preposterous things to gain the least competitive advantage.  And outside the electoral moment, “politics as usual” is cast as inane, at once a childish game divorced from reality and a fraud wherein opportunistic manoeuvres are (barely) disguised as reasoned arguments.2Tristemente, en Puerto Rico, “the silly season” nunca termina.
No obstante, advirtamos que el problema no es que nuestra clase política sea una ignorante de los más elementales conceptos éticos o morales. No, sus miembros suelen identificar con tremenda claridad y tino las más leves violaciones de cualquier estándar de moral pública, cuando el transgresor es un adversario político.  En relación con el adversario, nuestros políticos se convierten en eficaces sabuesos detectores de toda desviación en las normas de comportamiento correcto y prudente que cabe esperar de cualquier persona pública. El problema es que cuando se trata de sus propias actuaciones o las de sus correligionarios, entonces pierden la brújula, y pasan de inquisidores a intercesores. Si a usted no lo ciega el fanatismo, entonces seguramente lo indigna escucharlos condenar cotidianamente las transgresiones de los opositores, mientras trivializan iguales o peores conductas suyas y de sus correligionarios. Así, frescamente, sin empacho ni tapujos. Pareciera que antes de entrar a la cabina de cualquier estación radial, se limpian el fango de los zapatos utilizando de alfombra el pasaje bíblico de la paja en el ojo del hermano y la viga en el propio.
Tampoco es que estén desconectados de la realidad del país, o sean totalmente incapaces de ponderar cuáles acciones y medidas de gobierno resultan de beneficio para la mayoría del pueblo, a mediano y largo plazo.  Y es que, igual que con los principios, también juegan con los hechos y los datos, a conveniencia. De ese modo, lo que ayer era evidencia de severa crisis económica, se convierte en esperanzador indicador de repunte y progreso cuando son ellos quienes gobiernan. Mientras son oposición demuestran cierta ponderación y sensatez en sus posturas, y un dominio claro de las estadísticas de nuestro desastre nacional. No obstante, cuando pasan a ser gobierno, se empeñan en falsear la verdad, pretendiendo hacernos creer que vivimos en el reino mágico de Walt Disney. La propaganda oficialista sobre los éxitos de la gestión de la presente administración PPD el pasado año ofrece un claro ejemplo de ello. Y es que cambiarán los interlocutores, las imágenes y los énfasis, pero la mitomanía en torno al desempeño gubernamental usualmente termina convirtiéndose en la principal política de Estado de parte de quienes controlan el gobierno. Esa ha sido la experiencia general de nuestro pueblo durante las últimas décadas. Y no nos engañemos tratando de particularizar las administraciones por los distintos gobernadores de turno, porque independientemente de los nombres y apellidos de aquellos, de lo que se trata es de la alternancia en el gobierno de los mismos dos partidos políticos y sus respectivos grupos de control. Ello, a pesar de que cada nueva administración pretenda estrenarse al son de la canción popularizada por Daniel Santos con su “yo no sé nada, yo llegué ahora mismo, si algo pasó yo no estaba aquí”.
No pretendo argüir que la conducta anti-ética e inconsistente sea exclusiva de los políticos de profesión. Todos y todas estamos sujetos en alguna medida a caer en el vicio de pretender excusar en unos aquello que condenamos a otros. Todas y todos, por debilidad o imprudencia, somos susceptibles de obrar alguna vez en contra de lo que consideramos nuestros principios y convicciones. También somos dados a tapar una verdad y echar mano a una mentira para defendernos. El problema particular de los políticos de profesión es que debido la lógica del quehacer político-electoral, la mentira, la inconsistencia y la hipocresía terminan convirtiéndose, con contadas excepciones, en un modus operandi.
La doble moral de la clase política, más allá de ser producto de una debilidad o imprudencia pasajera, se torna en una forma de vida. Estos recurren tanto al engaño, a la demagogia y al relativismo ético, que a fin de cuentas se convierte en su forma de ser y de vivir. Y es que se trata de una “profesión” en la cual el trabajo de cada cual se encuentra continuamente amenazado y retado por las aspiraciones de otras y otros de ocupar la misma posición de poder desde un frente contrario. Ese reto incesante provoca que los miembros de la clase política, para poder mantener su acceso al poder, se vean siempre obligados a diferenciarse de esos otros y otras con los cuales viven en continua guerra. Y en efecto, se trata de una guerra (y no de una mera divergencia de criterios como suele darse en otros ámbitos del quehacer humano), porque en el caso de la clase política, lo que está precisamente en juego es el control de estructuras de poder. En esa arena parece no haber espacio para compartir y diferir armoniosamente (al menos no en público), pues se trata del juego de la silla musical, el verdadero “quítate tu pa’ ponerme yo”. Compiten por espacios excluyentes respecto de los cuales se gesta una cruda lucha de supervivencia de unas y otros frente a los adversarios. Por eso, como hemos mencionado en artículos anteriores, no conciben lugar a tregua a las gestiones del otro; porque la única victoria de unos y otras solo puede concretarse en función de la derrota de los contrarios. Así de simple. Y si en el proceso el país se descalabra, pues sencillamente se trata de un daño colateral, siempre y cuando puedan mantenerse jugando el juego del poder. Menudo daño colateral nos ha dejado esa guerra: la quiebra económica e institucional del país social y su incivilidad, en el sentido hostosiano del concepto.
Para los carreristas políticos, lo que resulta bueno para el país será adverso a ellos si se trata de una mejoría o una propuesta adjudicable a los opositores. Para tales, lo importante es hacer fracasar la gestión, o enterrar la propuesta del contrario, para tener así la oportunidad de hacerse con, o de aferrarse al, poder. Y es que en nuestra política deportiva, el éxito de tales profesionales no estriba en ninguna otra cosa que el conseguir ser electos o electas, por lo que toda otra consideración se torna secundaria y dependiente de la primera. Se trata de las habichuelas de su hogar. Ahí radica posiblemente la causa fundamental del pragmatismo y la doble moral de los políticos, pues el noble propósito de la política de generar el mayor bien común, termina siendo víctima de un modo de hacer política cuyo objetivo es causar el mayor daño posible a la gestión del adversario para garantizar la sobrevivencia propia. Y es que, en el fondo, no se trata de visiones de mundo distintas, ni de la lucha entre proyectos, ideologías o valores realmente contradictorios, sino de la mezquina lucha individual de cada cual para subsistir como políticos de profesión.3 De tal modo, en la actualidad, los términos político y cínico, parecen ser sinónimos. Citando nuevamente a Bilakovics:
[T]he practice of politics seems to be perceived as absurd as a sphere of human activity devoid of meaning and so undeserving of respect.  “Politics” is a game, both constituted and removed from reality by its idiosyncratic set of rules.  It can be played more or less fairly, to be sure, and it can be more or less dramatic and entertaining, but ultimately politics is something that is played.  And like any game, it seems bizarre, pointless, and sort of silly to the outside observer, even (or especially) when played for the highest of stakes.
Si aceptamos lo anterior, entonces tenemos que darnos cuenta de que ese sistema, mientras se mantenga funcionando de esa manera, nunca servirá de plataforma para el lanzamiento de alternativas reales de soluciones a los problemas del país. Primero, porque siempre primará el interés personal por sobre consideraciones del bienestar común; y segundo, porque será improbable llegar a acuerdos mínimos sobre cuál es la situación concreta del país, ya que la realidad siempre será relativa y subjetiva. Recordemos que se trata de una guerra, y como dijo Esquilo, “en toda guerra la primera víctima siempre es la verdad”.
Y como la mentira suele cabalgar al lomo del olvido, les invito a que recordemos las palabras pronunciadas por Alejandro García Padilla en su cierre de campaña:4
Nos unimos hoy para decirle no a la mentira, para desenmascarar, para defender al país en su identidad, para defender a la gente de los abusos y del atropello. Puerto Rico no merece lo que está viviendo, han sido 4 años de atropellos de los fuertes contra los débiles, de corrupción a favor de los listos, de los que quieren regresar a los tiempos en que unos pocos tenían mucho y los muchos tenían poco. Un cuatrienio de promesas incumplidas. … El que no dice la verdad, por definición miente. Compatriotas, puertorriqueños todos, un país no puede levantarse desde la mentira. Un país se levanta desde la verdad,  con entereza y con las manos limpias, sin cortar esquinas, cara a cara, sin máscaras ni diferencias. …Vamos a rescatar a Puerto Rico… para que los maestros tengan un salario digno. Vamos a rescatar a Puerto Rico porque somos conscientes de que si tenemos ingenieros, doctores y abogados es porque tenemos maestros en los salones de clase.  Vamos a rescatar a Puerto Rico para defender los derechos que han adquirido los trabajadores de este país… Rescatar a Puerto Rico requiere indignación, indignarse ante el abuso y ante el que abusa.
Definitivamente, esa clase política es incapaz de convertirse en el motor de los cambios urgentes que reclama el país. No podemos esperar que sean los políticos profesionales quienes provean soluciones a los graves problemas que confrontamos. Dentro de las entrañas de ese  sistema político partidista, toda proposición estará siempre contaminada por el veneno de la guerra de intereses individuales. Por ello, es imprescindible fortalecer y crear instituciones de la sociedad civil que coordinadamente sean capaces de desenmarañar la verdadera situación del país, presentarla como en realidad es, estudiarla, analizarla y trabajar en la producción de alternativas valientes, innovadoras, sensatas e inteligentes, pero sobre todo honestas; e imponérselas a esa clase política inamovible. A estas alturas, sentarnos a esperar  soluciones de los políticos constituye una grave irresponsabilidad civil. De tales solo cabe esperar, como bien señala la cita del ilustre pensador dominicano que sirve de introducción a esta columna, el que continúen siendo un estorbo a cualquier intento de la sociedad de trazar nuevos rumbos para el país. En sentido contrario, para los que luchan genuina y desinteresadamente en favor del bienestar común, la verdad es una aliada, pues el verdadero altruismo suele caminar de la mano de la humildad y la tolerancia.  Afortunadamente, el país cuenta con muchos y muchas que tienen el  talento, la capacidad y la voluntad necesarios para diseñar, mostrarnos y trabajar arduamente en esas nuevas alternativas. Están ahí, hablándonos por lo bajo, tirándonos insistentemente de los pantalones, apabulladas por el ruido de la garata política transmitida por los principales medios de desinformación.  Escuchémoslos.
  1. Los sofistas pertenecían a una escuela de pensamiento que en la antigua Grecia se enfrentaban a los filósofos en su predicar ético sobre la búsqueda de la verdad, argumentando que todo asunto, comportamiento o postura, incluyendo los más extremos, podían ser siempre objeto de justificación racional, si se sabían defender. Para los sofistas la verdad dependía del sujeto, esto es, de la interpretación y perspectiva de cada persona. El bien y el mal, lo verdadero y lo falso, dependen del punto de vista o de la opinión desde la que se evalúen. Por eso, se dedicaban a argumentar en el foro indistintamente a favor o en contra de cualquier proposición, solo a los fines de demostrar que todo era relativo y dependiente de cómo se justificara. Para estos no existía verdad ni principios superiores o absolutos. Utilizando los argumentos adecuados, cualquier cosa podía ser pasada por otra. []
  2. Bilakovics, Steven; Democracy without Politics; Hardvard University Press, England 2012, p. 2. []
  3. Véase Octavio A. Chon Torres, El doble discurso moral del político, sus consecuencias y el papel de la ética. []
  4. Para un video del discurso vea: http://www.youtube.com/watch?v=AgML0u-VaW []