viernes, 13 de noviembre de 2009

Hechiceros y Grial: Edad Media

Lo bretón maravilloso y el universo del Grial

Lo maravilloso en los textos novelescos, al contrario de lo que ocurre en bestiarios y obras didácticas, es mucho más mágico que fantástico. Lo monstruoso cede su lugar a lo extraño. El desconcierto sólo es parcial. Las criaturas misteriosas y los fenómenos sobrenaturales son más sobrecogedores que inquietantes, ya que su propia extrañeza conserva siempre una cierta apariencia de realidad. Además, sus habituales intervenciones en la vida cotidiana, nunca son totalmente gratuitas; se trata de signos, advertencias, mensajes enviados del más allá. La mentalidad medieval, en efecto, cree en la existencia de intermediarios entre el mundo de Dios y el de los hombres: almas de los muertos, ángeles y demonios, genios y hadas, que se manifiestan con prodigios cuyo significado es premonitorio. Por este motivo, historiadores y cronistas no dejan de señalar lo que, antes de los extraordinarios acontecimientos, no era normal en relación con el orden natural de las cosas: milagros, sueños, apariciones, cometas, eclipses:

El año 1187 de la Encarnación del Señor, el 4 de septiembre, hubo un eclipse de sol en el grado dieciocho de la Virgen; duró dos horas, nació Luis, hijo de Felipe Augusto, ilustre rey de los franceses.

En las obras literarias, la interpretación de los prodigios se reserva a los especialistas, entre los cuales los autores distinguen a los encantadores que como Merlín sólo utilizan su ciencia con fines generosos, de los brujos y hechiceros, que han firmado un pacto con el diablo y tan sólo tratan de causar daño al hombre. Todos ellos unen a sus dones de astrólogos poderes curativos: conocen las virtudes de las plantas y saben preparar los filtros. Como Thessala, la hábil y servicial gobernanta de Fénice, son expertos en todas las artes de la nigromancia y pueden proclamar:
Sé curar la hidropesía y la gota, el asma y la esquinancia; sé leer en la orina y tomar el pulso; no vale la pena elegir a otro médico. Además, conozco los encantamientos y los sortilegios cuya eficacia ya no hay que demostrar. La propia Medea jamás conoció otros iguales....

Pero la literatura que gira en torno a la Tabla Redonda ya no se contenta con esa forma de lo maravilloso, por lo general muy corriente, que se encuentra en muchas obras literarias. Sino que añade caracteres nuevos que les son propios y que, en su mayor parte, tienen su origen en los cuentos célticos de Irlanda y país de Gales. La fusión de estos diversos elementos constituye lo maravilloso bretón; esa extraña atmósfera, ambigua y fascinante que confiere a la literatura artúrica una seducción inigualable. Encontramos pocas descripciones precisas; todo se halla a media luz y con interrogantes. Lo que aquí se calla es casi más importantes que lo que se dice. Se trata menos de provocar la admiración del oyente que de dejar vagar su imaginación.. No es necesario ir hasta India para ver criaturas extraordinarias: aquí, el mundo de los muertos se codea con el mundo de los vivos, y la frontera que los separa no es infranqueable. Le basta al caballero errante atravesar un páramo, un río, un bosque para penetrar, sin darse cuenta, en el reino de los dioses y de las hadas; basta con embarcarse solitario en una nave abandonada para ser llevado hacia un país misterioso donde le espera su destino. En el transcurso de la aventura encuentra enanos pérfidos y pendencieros, gigantes deformes y tiránicos contra los que debe luchar para liberar a alguna joven, que se revela en seguida lúbrica y caprichosa; se detiene en un castillo encantado, donde pasa la noche luchando contra armas mágicas que desaparecen al alba; cruza un bosque donde los animales le hablan y le invitan a confesar sus pecados; después llega a un cementerio crepuscular donde puede contemplar, ya excavada, su propia tumba y leer en una lápida el relato de su cercana muerte.

El encanto de esta literatura proviene también de sus contrastes y contradicciones. Los autores se inspiran en los relatos irlandeses y galeses, temas y motivos que pertenecen a la mitología céltica y que, evidentemente, no comprenden. Al querer embellecerlos o darles una explicación, los deforman, los mutilan, pero los adornan con una aureola de misterio que seduce a la vez al autor y a su público y aún continúan haciéndolo. Incluso, a veces, parecen ser superados por sus propias creaciones, como los lectores a los que se dirigen, fascinados por lo que cuentan.

El mejor ejemplo de ello es el Cuento del Grial, que Chrétien de Troyes inicia a petición del conde de Flandes Felipe de Alsacia y que la muerte le impedirá terminar a tiempo. Chrétien, en varios lugares, parece como deslumbrado, incluso cegado por ese tema extraño y grandioso que no ha elegido y del que no consigue dominar todas las claves. Qué decir en relación con sus imitadores, sus continuadores, que quisieron reescribir o proseguir su obra inacabada cuyo carácter enigmático parecía haber sacudido al propio autor en un altísmo grado.

Después de la muerte de Chrétien de Troyes, en efecto, toda la sociedad caballeresca se sintió sobrecogida por el tema del Grial que, aunque remodelado, adaptado, transformado por varias generaciones de poetas y novelistas, nunca ha podido aclarar la totalidad de sus misterios. Estos encuentran su punto de partida en la escena central del relato de Chrétien. El joven Parsifal, recientemente armado caballero, llega un atardecer a un castillo donde es recibido por un señor noble y cortés pero con defectos físicos. Mientras esperan la hora de la cena conversando, he aquí que un extraño cortejo cruza la gran sala:

Un joven salió de una habitación sosteniendo una magnífica lanza por el medio del asta. Cruzó la sala entre el hogar y los comensales sentados en el lecho. Todos los que se hallaban presentes pudieron contemplar entonces cómo una gota de sangre descendía a lo largo del asta hasta la mano del joven [...] Llegaron después otros dos, unos jóvenes magníficos, sosteniendo cada uno en sus manos un candelabro de oro ricamente trabajado, en el que brillaban una decena de velas. Apareció luego una doncella noble que llevaba un grial, encantadora y muy bien vestida. Cuando entró en la sala con dicho grial, se hizo una claridad tan grande que las velas dejaron de dar luz, igual que hacen la luna y las estrellas cuando sale el sol. Detrás, avanzaba otra doncella llevando un ábaco de plata. El grial, que iba delante, había sido fundido en oro, el oro más puro, y engastado con todo tipo de piedras preciosas, las más ricas y variadas que pudiesen encontrarse en la tierra o bajo el mar. Después, tal como había hecho la lanza, cruzaron el grial y el ábaco por delante de la cama y desaparecieron en otra habitación.

El extraordinario espectáculo llena de curiosidad al joven Parsifal que desea interrogar a su anfitrión, preguntarle por el significado de la lanza que sangra y a quién se lleva el grial y su contenido. No obstante, no se atreve a ello: el paladín Gornemant de Goort, que le había albergado hacía poco, le enseñó que un perfecto caballero no debe hacer preguntas indiscretas. Mantiene pues silencio y, sin saberlo, ha estado a punto de conocer una aventura incomparable, la más prodigiosa jamás ofrecida a un joven caballero. Si hubiese planteado la pregunta que le quemaba en los labios, no sólo su anfitrión habría sanado y el país se hubiera liberado de calamidades espantosas, sino que él mismo podría haber recibido sublimes recompensas. Pues bien, todo ello lo sabrá más tarde, como también sabrá que el castellano con defectos físicos recibe el nombre de Rey Pescador (debido a que su herida no le permite otra distracción que la pesca) y que el grial no contiene otro alimento que una hostia destinada a mantener en vida a un anciano que no es otro que el propio padre del Rey Pescador.

Chrétien no nos dice más. Pero más que un cuento extraño e inacabado, ofrece a la posteridad un mito extraordinariamente fructífero alrededor del cual y durante varias generaciones se cristalizarán los sueños y aspiraciones de una gran parte de la sociedad occidental. Surgirá toda una literatura que tratará de explicar el defecto físico del Rey Pescador, la identidad de su padre, la sangre de la lanza y el significado del grial. Un sencillo plato para Chrétien de Troyes, dicho grial se convertirá una y otra vez en vaso, copón o cáliz en el que Cristo bebió el Jueves Santo, escudilla en la que al día siguiente José de Arimatea recogió la sangre que caía de sus heridas, o incluso, para el poeta alemán Wolfram von Eschenbach, en una piedra preciosa que otorga poder y riquezas y que protege de la muerte.

En el vertiginoso vacío dejado por el silencio de Parsifal, poetas y novelistas trataron de ofrecer su visión del mundo y de la sociedad, y el público hará que florezcan en él sus esperanzas e ilusiones. Si el joven caballero hubiese hablado, si hubiese planteado la cuestión fatídica, la literatura del medioevo habría perdido su leyenda más perturbadora, y la literatura universal uno de sus temas más poéticos e inefables. Pero, ese día, Parsifal tenía cita con el Destino, y un autor genial quiso que fuese una cita fallida.

Extracto del libro "La vida cotidiana de los caballeros de la tabla redonda", por Michel Pastaureau.

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