martes, 27 de septiembre de 2011

Raíces históricas de nuestra crisis ecológica


Raíces históricas de nuestra crisis ecológica


ELynn White. 1967. Science 155: 1203-1207
Nota editorial: en esta declaración clásica, White culpa de la crisis ecológica en curso a los elementos centrales del prevaleciente punto de vista judío-cristiano. Su tarea en la lectura de este artículo es determinar los méritos y las responsabilidades de la discusión de White y responder a una serie de preguntas entremezcladas a través del texto. Usted debe traer (por escrito) las respuestas a la clase— y estén preparados para participar en dialogo y para explicar y justificar su propio análisis.  

Una conversación con Aldous Huxley no frecuente en un monologo inolvidable. Alrededor de un año antes de su lamentada muerte discurría en un asunto preferido: el tratamiento artificial de la naturaleza y sus tristes resultados. Para ilustrar su punto dijo como, durante el verano anterior, había vuelto a un pequeño valle en Inglaterra donde había pasado muchos meses felices de niño. Ese lugar que alguna vez estuvo compuesto de parajes encantadores, ahora estaba creciendo de más porque los conejos que ahí vivían y mantenían el crecimiento de la vegetación bajo control habían sucumbido, en su mayoría, por una enfermedad, mixomatosis, que fue deliberadamente introducida por los granjeros locales para reducir la destrucción de las cosechas por los conejos. Al no ser un conocedor, no podía quedarme callado más tiempo, aun en los intereses de la gran retórica. Interrumpí para señalar que el conejo había sido traído como un animal domestico a Inglaterra en 1176, para mejorar la dieta proteinica de los campesinos.

Todas las formas de vida modifican sus contextos. El caso mas espectacular y benigno es sin duda alguna el pólipo coralino. Sirviéndose de sus extremos, ha creado un mundo submarino extenso favorable para los millares de otras clases de animales y plantas. Desde que el ser humano se convirtió en una especie numerosa ha afectado su medio ambiente notablemente. Esta hipótesis de que su método de cacería a base de fuego creo los grandes prados del mundo y ayudo a exterminar a los monstruosos mamíferos del pleistoceno de gran parte de la tierra es factible, si no es que esta comprobado. Por al menos seis milenios los bancos de la parte baja del Nilo han sido un artefacto humano, en contraste con la pantanosa jungla africana que la naturaleza habría hecho de no ser por el hombre. La presa de Aswan, inundando 5000 millas cuadradas, es solo la etapa reciente en un largo proceso. En muchas regiones la terraceria o irrigación, negligencia, tala de bosques por los Romanos para construir naves de batalla o en las cruzadas para resolver los problemas de logística de sus expediciones han cambiado profundamente algunas ecologías. La observación del paisaje francés cae en dos tipos básicos: los campos abiertos del norte y las tierras del sur y oeste, que inspiro a Marc Bloch a llevar a cabo su estudio clásico de los métodos de agricultura medievales. Intencionalmente, los cambios en las costumbres humanas frecuentemente afectan la naturaleza no humana. Se ha notado, por ejemplo que el auge del automóvil elimino grandes grupos de cuervos que se alimentaban del abono de caballo encontrado en cada calle.

La historia del cambio ecológico aun es tan rudimentaria que conocemos muy poco acerca de lo que en verdad paso, o cuales fueron los resultados. La extinción de algunos animales en Europa en 1627 parecería ser un simple caso de cacería excesiva. En asuntos mas intricados es frecuentemente imposible encontrar información sólida. Por mil años o mas los holandeses han estado modificando el mar del norte, y el proceso esta culminando contemporáneamente con la reclamación del “Zuider Zee” ¿Que especies de animales, aves, peces, vida costera o plantas habrán muerto en el proceso? ¿En su épico combate con Neptuno los holandeses han pasado por alto los valores ecológicos de tal manera que la calidad de la vida humana en Holanda ha sufrido? Desconozco si las preguntas han sido hechas, mucho menos contestadas.

La gente, entonces, frecuentemente ha sido un elemento dinámico en el medio ambiente, pero en el presente estado de escolaridad histórica no solemos saber exactamente cuando donde o con que efectos vinieron los cambios inducidos por el hombre. Sin embargo, mientras entramos al último tercio del siglo 20, la preocupación por las consecuencias ecológicas ha subido drásticamente. La ciencia natural, concebida como el esfuerzo por entender la naturaleza de las cosas ha florecido en numerosas eras entre numerosa gente. De manera similar, ha habido antiguas acumulaciones de habilidades tecnológicas, algunas veces creciendo rápidamente, otras más lentamente. Pero no fue hasta hace cuatro generaciones que Europa Occidental y América del Norte arreglaran una unión entre ciencia y tecnología, una unión de lo teórico y lo empírico se acerca a nuestro medio ambiente natural. La creencia en amplia practica del credo de Bacon de que el conocimiento científico significa poder tecnológico sobre la naturaleza data desde antes de 1850, a excepción de las industrias químicas, donde es anticipada en el siglo 18. Su aceptación como un patrón normal de acción puede marcar el más grande evento en la historia humana desde la invención de la agricultura, y tal vez en la historia terrestre no humana.

Casi de inmediato la nueva situación forzó la cristalización del concepto de ecología: en efecto la ecología apareció en el lenguaje Ingles en 1873. Hoy en día, a menos de un siglo, el impacto de nuestra raza al ambiente ha incrementado en fuerza a tal grado que ha cambiado en esencia. Cuando los primeros cañones fueron disparados a principios del siglo catorce, afectaron a la ecología al enviar trabajadores hacia los bosques y montañas en busca de potasio, sulfuro, acero y carbón, resultando en erosión y deforestación. Las bombas de hidrogeno son de otro orden, una guerra luchada con ellas puede alterar la genética de toda la vida en el planeta. Para 1885, Londres tenía un problema con el smog por la quema de carbón, pero nuestra presente combustión de combustibles fósiles amenaza con cambiar la química de la atmósfera mundial en su totalidad, con consecuencias que solo podemos adivinar. Por la explosión demográfica, urbanización, los ahora geológicos depósitos de drenaje y basura es seguro que ninguna criatura más que el hombre había logrado corromper su nido con tal rapidez.

Ha habido muchas llamadas para actuar, pero las propuestas especificas, aunque valiosas individualmente, parecen demasiado parciales, paliativas, negativas: prohíbe la bomba, tira los anuncios, dale contraceptivos a los Hindú y diles que se coman a sus sagradas vacas. La solución mas simple a cualquier cambio es, por supuesto, detenerlo, o mejor aun, revertirlo a un pasado romántico, hacer que esas desagradables estaciones de gasolina se parezcan mas bien a la casa de campo de Anne Hathaway, o (como en el lejano oeste) los bares de los pueblos fantasma. La mentalidad de la “era salvaje” invariablemente apoya congelar una ecología, ya sea San Gimignano o la alta Sierra, a como era antes de que se tirara el primer pañuelo desechable, pero ni el atavismo ni la petrificación podrá con la crisis ecológica de nuestro tiempo.

¿Que debemos hacer? Todavía nadie sabe. A menos que pensemos en nuestros fundamentos, nuestras medidas específicas pueden producir nuevas consecuencias mas serias de las que pretendíamos remediar.

En un principio deberíamos tratar de clarificar muestro pensamiento mirando, en cierta profundidad histórica, las presunciones que conllevan la tecnología y la ciencia modernas. La ciencia era tradicionalmente aristocrática, especulativa e intelectual en su intención, la tecnología era de baja clase, empírica y orientada a la acción. La repentina fusión de estas dos, a mediados del siglo XIX seguramente esta relacionada a revoluciones democráticas, tanto previas como contemporáneas que, al reducir barreras sociales, tienden a imponer una unión funcional del cerebro y la mano. Nuestra crisis ecológica es el producto de una emergente cultura democrática. La pregunta es si un mundo democratizado puede sobrevivir a sus propias implicaciones. Supuestamente no podemos a menos que pensemos nuestros axiomas de nuevo.

Respuesta 1: ¿A que se refiere la frase “ni el atavismo ni la petrificación podrá con la crisis ecológica de nuestro tiempo”? Describa brevemente un ejemplo de cada enfoque.
Las Tradiciones Occidentales de la Ciencia y la Tecnología
Una cosa es tan cierta que parece tonto verbalizarla: la tecnología y la ciencia modernas ambas son distintivamente occidentales. Nuestra tecnología ha absorbido elementos de todo el mundo, mas notablemente de China; en todo el mundo, ya sea en Japón o Nigeria, la tecnología exitosa es occidental. Nuestra ciencia es heredera de todas las ciencias del pasado, especialmente tal vez del trabajo de los grandes científicos del Islam, científicos de la edad media, que frecuentemente superaron a los griegos en habilidad un perspicacia, al-Razi en medicina, por ejemplo, o ibn-al-Haytham en óptica, Omar Khayymah en matemáticas, etc. En verdad, más de unos cuantos de dichos genios han desaparecido en la Arabia original para sobrevivir solo en traducciones del latín que ayudaron a fundamentar los desarrollos Occidentales. Hoy en día, alrededor del mundo toda la ciencia significativa es occidental en estilo y método, independientemente de la pigmentación o lengua de los científicos.

Un segundo par de hechos es menos conocido por ser el resultado de escolaridad histórica más bien reciente. El liderazgo occidental, tanto tecnológico como científico, es por mucho mas viejo que la llamada “Revolución Científica” del siglo XVII o la llamada “Revolución Industrial” del siglo XVIII. Estos términos son incorrectos y esconden la verdadera naturaleza de lo que intentan describir: etapas significativas en dos desarrollos largos y separados. Para 1,000 d.C. cuando mucho, y tal vez hasta 200 años más temprano, el Occidente empezó a administrar poder de agua a procesos industriales aparte del molino. Esto fue secundado a finales del siglo XII al controlar el poder del viento. Desde principios simples, pero con una destacada persistencia de estilo, el occidente rápidamente expandió sus habilidades en el desarrollo de la maquinaria de poder, artefactos que ahorran labor y automatización. Los que lo dudan deberían contemplar el logro más monumental de la automatización: el reloj mecánico a base de peso, que apareció de dos formas a principios del siglo XIV. No en manufactura sino en capacidad tecnológica básica, el Occidente latino de finales de la Edad Media supero por mucho a sus elaboradas sofisticadas y estéticamente magnificas culturas hermanas, Bizantina e Islámica. En 1444 un gran eclesiástico Griego, Bessario, que había ido a Italia, escribió una carta para un príncipe en Grecia. Se muestra asombrado por la superioridad de las naves, armas, textiles y vidrio Occidentales. Pero por encima de todo, esta asombrado por el espectáculo de las ruedas de agua serruchando leña y bombeando aire a los grandes hornos. Claramente no había visto nada parecido en el cercano Este.

Para el final del siglo XV, la superioridad tecnológica de Europa era tal que sus pequeñas y mutuamente hostiles naciones podían dispersarse por el resto del mundo, conquistando, robando y colonizando. El símbolo de esta superioridad tecnológica es el hecho de que Portugal, uno de los estados más débiles de Occidente, fue capaz de convertirse –y mantenerse por un siglo- dueño de las indias orientales. Y debemos recordar que la tecnología de Vasco da Gamma y Alburquerque se construyo por puro empirismo, recibiendo muy poco respaldo o inspiración de la ciencia.
En el entendimiento vernacular de hoy en día, la ciencia moderna supone haber empezado en 1543, cuando Copernico y Vesalio publicaron sus grandes obras. No es derogación de sus logros, de cualquier manera, el apuntar que estructuras como “Fabrica” o “De revolutionibus” no se hacen del día a la noche. La tradición científica occidental, de hecho, empezó a finales del siglo XI, con un movimiento masivo de traducciones de obras científicas Arábes y Griegas al Latín. Algunos libros destacables - “Theophrastus”, por ejemplo, - escapo al ávido apetito de ciencia Occidental, pero en menos de 200 años el cuerpo entero de ciencia Griega y Musulmana estaba disponible en Latín, y estaba siendo ávidamente leída y criticada en universidades Europeas. De la crítica surgió una nueva observación, especulación y creciente desconfianza de las antiguas autoridades. Para finales del siglo XIII Europa había tomado el liderazgo cientifico de las de las decadentes manos del Islam. Seria tan absurdo negar la profunda originalidad de Newton, Galileo o Copernico como negar aquella de los científicos escolásticos del siglo XIV como Buridan y Oresome en cuyo trabajo se basaron. Pero antes del siglo XI, la ciencia escasamente existía en el Oeste latino, aun en tiempos romanos. Desde el siglo XI en adelante, el sector científico de la cultura occidental ha estado en crecimiento constante.

Desde que nuestros movimientos tecnológicos y científicos empezaron, adquirieron carácter y lograron dominación mundial en la Edad Media, parecería que no podemos entender su naturaleza o el impacto que tienen en la ecología sin examinar presunciones y el desarrollo medieval.

Respuesta al apunto 2: White comenta que “toda la ciencia es significativa es la Occidental en estilo y método, cualquiera que sea la pigmentación o lenguaje de los científicos”. Especule brevemente por qué esto es así.

PUNTO DE VISTA MEDIEVAL DEL HOMBRE Y LA NATURALEZA

Hasta épocas recientes, la agricultura ha sido la principal ocupación aún en sociedades “avanzadas”: por lo tanto, cualquier cambio en los métodos de labranza tiene una gran importancia. Los primeros arados, halados por dos bueyes, no convertían al césped por el simple hecho de rasparlo. Así, el arado en cruz fue necesario y los campos tendieron a ser cuadrados. En las tierras bastante ligeras y climas semiáridos del Este del Mediterráneo, esto funcionó adecuadamente. Pero semejante arado era inapropiado para el clima húmedo y frecuentemente pegajoso del norte de Europa. Sin embargo, para las últimas décadas del siglo XVII después de Cristo, siguiendo a sus oscuros comienzos, ciertos campesinos del norte estaban utilizando un tipo nuevo de arado, equipado por un cuchillo vertical para cortar la línea del arado, una parte horizontal para cortar por debajo del césped, y una pala para voltearlo. La fricción de este arado con la tierra era tan grande que normalmente requería no dos, sino ocho bueyes. Atacaba a la tierra con tal violencia que el arado en cruz no era necesario, y los campos tendían a ser moldeados en grandes franjas.

En los días del arado liso, los campos estaban generalmente distribuidos en unidades capaces de alimentar a una familia. La agricultura sustentable era la presuposición. Pero ningún campesino era dueño de ocho bueyes: para utilizar los nuevos y más eficientes arados, los campesinos juntaban a sus bueyes para formar grandes equipos para arar, recibiendo originalmente (en apariencia) franjas aradas en proporción a su contribución. Así, la distribución de la tierra no se seguía basando en las necesidades de una familia, sino en la capacidad de una máquina poderosa para labrar la tierra. La relación del hombre con el suelo cambió profundamente. En ninguna otra parte del mundo los campesinos desarrollaron algún implemento agrícola similar. ¿Es coincidencia que la tecnología moderna, con su falta de compasión por la naturaleza, fue mayoritariamente producida por los descendientes de estos campesinos del norte de Europa?

Esta misma actitud explotadora aparece un poco antes del año 830 D.C. en calendarios ilustrados del occidente. En los calendarios antiguos los meses se mostraban como personificaciones pasivas. Los nuevos calendarios franceses, que marcaron el estilo para la Edad Media, son muy diferentes: muestran hombres cohercionando al mundo que los rodeaba--- arando, cosechando, cortando árboles y destazando cerdos. El hombre y la naturaleza son dos cosas, y el hombre es el amo.

Estas novedades parecen estar en armonía con patrones intelectuales más grandes. Lo que las personas hacían con su ecología dependía en lo que ellos pensaban de sí mismos en relación con las cosas que los rodeaban. La ecología humana esta fuertemente condicionada por las creencias de nuestra propia naturaleza y destino, esto es, por la religión. Desde los ojos del Occidente esto es muy evidente, por decirlo, en India o Ceylon. Es igualmente cierto en nosotros mismos y en nuestros ancestros medievales.

La victoria del Cristianismo sobre el paganismo fue la mayor revolución psíquica en la historia de nuestra cultura. Se ha vuelto una moda en nuestros días decir que, para bien o para mal, vivimos en la “era post cristiana”. Ciertamente nuestras formas de pensar y hablar cesaron de ser cristianas, pero a mi vista la sustancia a menudo permanece sorprendentemente parecida a la del pasado. Nuestros hábitos de actuar cotidianos, por ejemplo, son dominados por una fe implícita en el progreso perceptual que era desconocido tanto por la Grecia, Roma o el Oriente. Están enraizados en, y están apartados de, la teología judeo- cristiana. El hecho de que los comunistas lo compartan simplemente ayuda a mostrar lo que puede ser demostrado en muchos otros suelos: que el Marxismo, como el Islam, son una herencia judeo- cristiana. Continuamos viviendo hoy, como lo hemos hecho por 1700 años, en gran parte en el contexto de los axiomas cristianos.

¿Qué le dice el cristianismo a las personas acerca de su relación con el ambiente? Mientras muchas de las mitologías del mundo proveen historias de la creación, La mitología grecorromana era singularmente incoherente al respecto. Como Aristóteles, los intelectuales del antiguo occidente negaron que el mundo visible tuviera un comienzo. En efecto, la idea de un comienzo era imposible en el marco de la noción cíclica del tiempo. En contraste agudo, el cristianismo heredó del judaísmo no sólo el concepto del tiempo como no repetitivo y linear, sino una historia impactante de la creación. Mediante etapas graduales, un Dios amoroso y todopoderoso creó la luz y la oscuridad, los cuerpos celestiales, la Tierra y todas sus plantas, animales, aves y peces. Finalmente, dios creó a Adán y, después de eso, a Eva para mantener al hombre acompañado. El hombre nombró a todos los animales, para mantener su dominio sobre ellos. Dios planeó explícitamente todo esto para el beneficio y mandato del hombre: ningún artículo de la creación tenía algún propósito salvo el de servir a los propósitos del hombre. Y, aunque el cuerpo del hombre estaba hecho de arcilla, no es simplemente parte de la naturaleza: está hecho a la imagen de Dios.

Especialmente en su forma occidental, el cristianismo es la religión más antropocéntrica que el mundo haya visto. Tan pronto como en el siglo II Tertulio y San Erasmo de Lyon insistían que cuando Dios moldeó a Adán estaba mostrando la imagen del Cristo encarnado, el segundo Adán. El hombre comparte, en gran medida, la trascendencia de Dios en la naturaleza. El cristianismo, en contraste absoluto al paganismo antiguo y a las religiones asiáticas (excepto tal vez el Zoratrismo), no sólo estableció el dualismo del hombre y la naturaleza, sino que también insistió en que es la voluntad de Dios el que el hombre explote la tierra para sus fines adecuados.

Al nivel de las personas comunes esto funcionaba de una manera interesante. En la antigüedad, cada árbol, cada primavera, cada riachuelo, cada colina tenía su propio espíritu guardián. Estos espíritus eran accesibles al hombre, pero eran diferentes a él; los centauros y las sirenas muestran su ambivalencia. Antes de que alguien cortara un árbol, minara una montaña o embalsara un arroyo, era muy importante aplacar al espíritu a cargo de esa situación en particular, para apaciguarlo. Destruyendo el animismo pagano, el cristianismo hizo posible el explotar la naturaleza en una atmósfera de indiferencia hacia los sentimientos de los objetos naturales.

Se dice comúnmente que la Iglesia sustituyó al animismo por el culto a los santos. Es verdad; pero el culto a los santos es funcionalmente diferente al animismo. El santo no está en los objetos naturales, aunque brille de una forma en especial, su ciudadanía pertenece al cielo. Más aún, un santo es por completo un hombre, puede ser abordado en términos humanos. Aparte de los santos, el cristianismo también tiene, por supuesto, ángeles y demonios heredados del judaísmo y, tal vez por eliminación, del Zorastrismo. Pero éstos eran tan móviles como los mismos santos. Los espíritus en los objetos naturales, que con anterioridad habían protegido a la naturaleza del hombre, se evaporaron. El monopolio efectivo del hombre sobre el espíritu se confirmó, y las antiguas inhibiciones con respecto a la explotación de la tierra se desmoronaron.

Cuando uno habla en términos tan radicales, una anotación al calce es pertinente. El cristianismo es una creencia compleja, y sus consecuencias difieren en contextos diferentes. Lo que yo he dicho puede aplicarse al occidente medieval, donde en efecto la tecnología logró avances espectaculares. Pero la Grecia del este, un tramo muy civilizado de igual devoción cristiana, parece no haber producido alguna innovación tecnológica importante desde finales del siglo VII, cuando el fuego griego fue inventado. La clave de este contraste puede tal vez encontrarse en una diferencia en la tonalidad de la piedad y del pensamiento que los estudiantes de Teología Comparada encuentran en las iglesias latinas y griegas. Los griegos creían que el pecado se debía a la ceguera intelectual, y que la salvación se encontraba en la iluminación y en la ortodoxia (el pensamiento claro). Por su parte, los latinos sentían que el pecado era un demonio moral, y que la salvación se encontraba en comportarse correctamente. La teología oriental ha sido intelectualista. La teología occidental ha sido voluntarista. Los santos griegos contemplan, los santos occidentales actúan. Las implicaciones del cristianismo para la conquista de la naturaleza puede emerger de manera más fácil en una atmósfera occidental.

El dogma cristiano de la Creación, el cual se encuentra en la primera oración de todos los credos, tiene otro significado para la comprensión de nuestra crisis ecológica actual. Dios le dio al hombre la Biblia, el Libro de las Escrituras. Pero como Dios creó a la naturaleza, ésta debe revelar a la mentalidad divina. El estudio religioso de la naturaleza para el mejor entendimiento de Dios era conocido como teología natural. En la Iglesia antigua, y siempre en Grecia del este, la naturaleza era primordialmente concebida como un sistema simbólico por medio del cual Dios le hablaba al hombre: la hormiga era un sermón para los flojos: cuando se alzan las flamas es un símbolo de la aspiración del alma. La visión de la naturaleza era esencialmente artística en lugar de científica. Mientras que los bizantinos preservaron y copiaron grandes cantidades de textos griegos científicos, la ciencia como nosotros la concebimos pudo escasamente florecer en un ambiente semejante.

Sin embargo, en el occidente latino a principios de siglo XIII la teología natural seguía un camino diferente. Estaba cesando de ser la decodificación de los símbolos físicos de la comunicación de Dios con el hombre, y se estaba convirtiendo en un esfuerzo por entender la mente de Dios mediante el descubrimiento de cómo opera la creación. El arcoiris ya no era simplemente un símbolo de la esperanza mandada a Noé después del Diluvio: Roberto Grosseteste, Friar Rogelio Bacon y Teodoro de Freiberg produjeron un trabajo sorprendentemente sofisticado de la óptica del arcoiris, pero lo hicieron como una iniciativa para el entendimiento religioso. Del siglo XIII en adelante, hasta e incluyendo a Leitnitz y Newton, cada científico importante, en efecto, explicó sus motivaciones en términos religiosos. En efecto, si Galileo no hubiera sido un teólogo tan experto y aficionado, se hubiera metido en muchos menos problemas: los profesionales resintieron su intrusión. Y Newton parece haberse sentido más como un teólogo que como un científico. No fue sino hasta finales del siglo XVIII que la hipótesis de Dios se volvió innecesaria para muchos científicos.
A veces es difícil para el historiador juzgar, cuando los hombres explican por qué hacen lo que quieren hacer, si están ofreciendo una razón real o una razón culturalmente aceptable. La consistencia mediante la que los científicos durante los largos siglos formativos de la ciencia occidental dijeron que la tarea y la recompensa del científico era “pensar los pensamientos de Dios después de él” lleva a uno a pensar que esta era su motivación real. Si esto es así, entonces la ciencia moderna occidental estaba enfrascada en una matriz de la teología cristiana. El dinamismo de la devoción cristiana moldeado por el dogma judeo- cristiano de la Creación le dio ímpetu.

Respuesta puntual 3:
Comenta sobre la aseveración de White, “Especialmente en su forma occidental, el cristianismo es la religión más apotrocéntrica que el mundo ha visto” ¿qué significa esta declaración? ¿cuál evidencia ofrece White como soporte en este asunto? ¿Estás a favor o en contra con el análisis de White y por qué? Finalmente, enumera al menos tres actitudes características de creencias comunes en la visión del mundo Judío-Cristiano.

UNA VISIÓN CRISTIANA ALTERNATIVA

Pareciera que nos estamos dirigiendo hacia conclusiones desagradables para muchos cristianos. Ya desde que tanto, ciencia como tecnología son palabras sagradas en nuestro vocabulario actual, algunos pueden estar felices con esta idea, primero, porque en el panorama histórico, la ciencia moderna es una extrapolación de la teología natural; y segundo, porque la tecnología moderna está al menos en parte para ser explicada de forma occidental, como la realización voluntaria del dogma cristiano referente a la trascendencia del hombre y su derecho al dominio absoluto de la naturaleza. Pero, así como ahora reconocemos, de algún modo hace un siglo, la ciencia y la tecnología –hasta ese momento actividades algo separadas—se unificaron para darle a poder a la humanidad, los cuales a juzgar por los muchos efectos ecológicos están fuera de control. De ser así, el cristianismo está sosteniendo una gran carda de culpa.

Yo personalmente dudo que la desastrosa reacción ecológica puede ser evitada simplemente con usar más ciencia y tecnología para solucionar nuestros problemas. Nuestra ciencia y tecnología se han desbordado fuera de actitudes cristianas acerca de la relación del hombre-naturaleza, las cuales están casi de forma universal sostenidas no sólo por el cristianismo o neo-cristianismo, sino por todos aquellos que de manera absurda se hacen llamar post-cristianas. A pesar de Copérnico, todo el cosmos gira alrededor de nuestra pequeña orbe. A pesar de Darwin, no somos, en nuestros corazones, parte del proceso natural. Somos superiores a la naturaleza, la despreciamos, estamos dispuestos a usarla para nuestro más insignificante antojo. El recién electo Gobernador de California, que es como yo, un hombre religioso, pero menos problemático que yo, habló por la tradición cristiana al referirse (como alega). “cuando has visto un roble, los has visto todos” Para un cristiano, un árbol no puede ser más que un hecho físico. Todo el concepto de los bosques sagrados es ajeno a la cristiandad, y para el genio del occidente. Por casi dos milenios, los misioneros cristianos han ido arrasando con estos bosques sagrados, los cuales eran idolatrados porque asumían el espíritu de la naturaleza.

Lo que nosotros hacemos respecto a la ecología depende en nuestras ideas de la relación hombre-naturaleza. Tener más ciencia y tecnología no nos va a ayudar a sacarnos de la actual crisis ecológica hasta que encontremos una nueva religión, o replantemos la actual. Los beatniks [1], que son los revolucionarios básicos de nuestro tiempo, muestran un instinto sano en su afinidad por el budismo zen, el cual permite la relación del hombre-naturaleza como una visión semejante al de un espejo, del punto de vista cristiano. Sin embargo, el zen está casi tan profundamente condicionado por la tradición oriental, como el cristianismo por su experiencia con el occidente, y estoy dudoso de su viabilidad entre nosotros.

Relatores posteriores han dicho que San Francisco predicó a los pájaros como reprimenda a los hombres que no escuchan. Los expedientes no lo ven de ese modo: el incita a los pajaritos a alabar a Dios, y en un éxtasis espiritual, ellos extienden sus alas y cantan regocijadas. Las leyendas de santos, especialmente la de los santos irlandeses, mencionaban sus tratos con los animales pero siempre, creo yo, para demostrar el dominio del ser humano sobre las criaturas. Con San Francisco es diferente. La tierra alrededor de Gubbio en los Apeninos fue saqueada por un feroz lobo. San Francisco, según cuenta la leyenda, habló con el lobo y lo persuadió del error en su forma de ser. El lobo arrepentido, murió en la santidad, y fue enterrado en tierra santa.

Lo que Sir. Steven Ruciman llama “la doctrina franciscana del alma animal“ fue rápidamente sofocada. Muy posiblemente fue inspirada en parte, consiente o inconscientemente, por la creencia en la reencarnación sostenida por los cátaros herejes que en ese tiempo abundaban en Italia en el sur de Francia. Y que presuntamente habían tomado de la India. Resulta significante que justo en ese momento, cerca del año 1200, rastros de metempsychosis [2] fueron encontrados también en el Judaísmo occidental, en la Kabalah. Sin embargo, San Francisco no sostenía ni la transmigración de las almas ni el panteísmo. Su punto de vista de la naturaleza y del hombre, residían en un tipo único de pan-siquismo de todas las cosas, sean animadas o inanimadas, diseñada para la glorificación de su creador trascendental, quien, en un gesto de humildad cósmica, asume la carne, y reposa indefenso en un pesebre y muere crucificado.

No estoy sugiriendo que muchos americanos contemporáneos, que están preocupados por nuestra crisis ecológica, sean o estén dispuestos a guiar a los lobos y a exhortar a las aves. Sin embargo, el presente aumento del desequilibrio del medio ambiente global, es el resultado de una tecnología dinámica y la ciencia los cuales se originaron en el mundo medieval occidental, en contra de lo que San Francisco se rebeló de una forma tan original. Su crecimiento no puede se entendido históricamente aparte de actitudes distintivas hacia la naturaleza, las cuales están profundamente enterradas bajo el dogma cristiano. El hecho de que la mayoría de la gente no piensa en esas actitudes como cristiano es irrelevante. Ningún nuevo juego de valores básicos han sido aceptados en nuestra sociedad para sustituir aquéllos cristianos. Por lo tanto, debemos continuar teniendo una crisis ecológica aún peor hasta que rechacemos el axioma cristiano de que la naturaleza no tiene otro propósito más que el de servir al hombre.

El mayor revolucionario espiritual en la cultura occidental, San Francisco de Asís, propuso lo que el pensó sería una alternativa al punto de vista cristiano de la naturaleza y de la relación del hombre en ella, trató de sustituir la idea de igualdad de todas las criaturas, incluyendo al hombre, por la idea de la regla ilimitada del hombre de la creación. Él falló. Tanto nuestra ciencia y tecnologías actuales tienen tantos matices de la arrogancia del cristianismo ortodoxo hacia la naturaleza que ninguna solución de nuestra crisis ecológica puede ser esperada por ellos. Puesto que las raíces de nuestro problema son extensivamente religiosas, el remedio debe ser esencialmente religioso, ya sea si lo llamamos así o no. Debemos replantear nuestra naturaleza y destino. La profundidad religiosa, aunque herética, del sentir de los franciscanos primitivos para la autonomía espiritual de todas las partes de la naturaleza, puede apuntar una vía. Yo propongo a San Francisco de Asís como santo patrón de los ecologistas.

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[1] Personas que rechazan los modos de la sociedad establecida, ya sea vistiendo y comportándose de forma poco convencional y se dan el gusto de filosofar y expresándose en forma exótica.

[2] El paso del alma al morir en otro cuerpo, ya sea humano o animal. 

 
Fuente: http://tecyc.cepe.unam.mx/historia/talancon/raices.html#tex1