jueves, 1 de julio de 2010

Schödinger sobre Sujeto-Objeto

¿Charlamos sobre física?

Puede aquí plantearse una queja que no voy a tratar de evadir. No se habla aquí una palabra de acausalidad, de mecánica ondulatoria, de relaciones de indeterminación, de complementariedad, de universo en expansión, de creación continua, etc. ¿Por qué no se limita a hablar — podrá decir alguno— de lo que conoce, en vez de adentrarse en los dominios profesionales reservados a los filósofos? Ne sutor supra crepidam. En esto puedo sentirme tranquilamente justificado: no creo que esas cosas tengan tanto que ver con una concepción filosófica del mundo como la gente cree. Creo que en esto coincido en lo esencial, casi punto por punto, con la visión de Max Planck y Ernst Cassirer.

No creo tener prejuicio alguno en contra de la importancia que puede tener la ciencia desde un punto de vista puramente humano. Pero, a pesar de todo, no puedo creer (y esta es mi primera objeción) que, por ejemplo, la profunda indagación filosófica sobre la relación entre el sujeto o sobre el autentico significado de la distinción entre ellos dependa de los resultados cuantitativos de mediciones físicas y químicas por medio de escalas, espectroscopios, microscopios, telescopios, contadores Geiger-Müller, cámaras de Wilson, placas fotográficas, dispositivos para medir la cadencia radiactiva o cualquier otro invento. No resulta fácil decir por qué no lo creo. Siento que se da una cierta incongruencia entre el problema a resolver y los medios empleados para ello. No me siento del todo tan desconfiado con respecto a otras ciencias, en particular con respecto a la biología, y muy especialmente respecto de la genética y de los hechos que tienen que ver con la evolución. Pero de esto no voy a hablar aquí y ahora.

Por otra parte (y ésta es mi segunda objeción), la pura afirmación de que toda observación depende al mismo tiempo del sujeto y del objeto, por estar inextricablemente unidos entre sí, es apenas nueva: es casi tan vieja como la propia ciencia. Aunque a través de los veinticuatro siglos que nos separan de ellos sólo nos hayan llegado unas pocas referencias y citas de los dos prohombres de Abdera, Protágoras y Demócrito podemos afirmar que ambos, a su modo, sostenían que todas las sensaciones, percepciones y observaciones tienen un fuerte tinte personal, subjetivo, y que no comportan una captación de la cosa-en-sí. (La diferencia entre ellos estribaba en que Protágoras prescindía de la cosa-en-sí; para él, las sensaciones eran la única verdad, en tanto que Demócrito pensaba de otro modo.) Desde entonces, la cuestión ha vuelto a suscitarse siempre que se ha hecho ciencia; podríamos seguir sus pasos a través de los siglos, refiriéndonos a las actitudes de Descartes, Leibniz y Kant con respecto a ella. Pero no lo vamos a hacer. Debo, no obstante, mencionar un punto para que no se me acuse de ser injusto con los físicos cuánticos de nuestros días. He dicho que su afirmación de que en toda percepción y observación sujeto y objeto están entretejidos de modo inextricable es apenas nueva. Pero ellos podrían insistir en que sí que hay algo nuevo en ella. Creo que es verdad que en siglos anteriores, cuando se trataba esta cuestión, se tenían presentes sobre todo dos cosas: a) la impresión física directa causada por el objeto en el sujeto, y b) el estado del sujeto que recibe esa impresión. Mientras que, por el contrario, en el orden de ideas actual, la influencia física directa entre ambos se considera mutua. Se afirma que se da también una impresión inevitable e incontrolable del sujeto sobre el objeto. Este aspecto es nuevo y, debo decir, más adecuado de algún modo. Porque la acción física es siempre interacción; siempre es mutua. Lo que sigue resultándome dudoso no es más que esto: si resulta adecuado dar el nombre de «sujeto» a uno de los dos sistemas que interactúan física-mente entre sí. Pues como la mente que observa no es un sistema físico, no puede interactuar con ningún sistema físico. Y podría ser más conveniente reservar el término «sujeto» para la mente que observa.

Pero de la teoría, tal como ha quedado expuesta, de la inevitable e insoslayable interferencia de los instrumentos de medida con el objeto sometido a observación, se han extraído y han sido puestas sobre el tapete ingentes consecuencias de naturaleza epistemológica con respecto a la relación entre sujeto y objeto. Se afirma que los recientes descubrimientos en el campo de la física se han acercado a la misteriosa frontera que separa el sujeto del objeto. Esta frontera —así se nos dice— no es en modo alguno una frontera definida. Se nos da a entender que nunca observamos un objeto sin modificarlo o teñirlo de algún modo con nuestra propia actividad observa-dora. Se nos quiere hacer entender que bajo el influjo de los métodos refinados de observación y pensamiento que hoy en día se aplican al análisis de los resultados de los experimentos, esa misteriosa frontera entre el sujeto y el objeto se ha ve-nido abajo.

A fin de poder someter debidamente a crítica tales pretensiones, debo partir en primer lugar de una aceptación de la distinción o discriminación, consagrada por el tiempo, entre sujeto y objeto, tal como antiguamente fue aceptada, y sigue siéndolo más recientemente, por muchos pensadores. Entre los filósofos que la aceptaron –desde Demócrito de Abdera al “anciano de Königsberg” (Kant)- hubo pocos, si es que hubo alguno, que dejaron de insistir en que toda sensación, percepción y observación lleva consigo un fuerte tinte personal, subjetivo y no comporta una captación de la naturaleza de la “cosa-en-sí”, por usar la expresión de Kant. Mientras que algunos de tales filósofos pueden pensar tan sólo en una más o menos ligera o más o menos fuerte distorsión. Kant nos hace tomar tierra en una actitud de total resignación: la de no poder saber nunca nada de la “cosa-en-sí”. De modo que, según toda apariencia, la idea de la subjetividad es muy antigua y resulta muy familiar. Lo nuevo en la situación actual es lo siguiente: la afirmación de que no sólo dependerían en gran medida de la naturaleza y del estado eventual de nuestro propio aparato sensorio las impresiones que recibimos del entorno, sino que, también al contrario, el mismo entorno que deseamos considerar resulta modificado por nosotros, singularmente por los instrumentos de medida que establecemos para someterlo a observación.

Quizás esto sea así –en cierto modo ciertamente lo es-. Es posible que a partir de las leyes físico-cuánticas recientemente descubiertas esa modificación no pueda reducirse por debajo de ciertos límites bien definidos. Pero, aún así, no me gustaría dar a esto el nombre de un influjo directo del sujeto sobre el objeto. Porque el sujeto, de ser algo, es la cosa que siente y piensa. Las sensaciones y los pensamientos no pertenecen al “mundo de la energía”. Son incapaces de producir ningún cambio en ese mundo de energía, como sabemos por Spinoza y sir Charles Sherrington.

Mi mente y el mundo están compuestos de los mismos elementos. Esto mismo puede decirse de toda mente y sus mundos respectivos, a pesar de la insondable abundancia de “referencias cruzadas” entre ellos. El mundo me viene dado de una sola vez: no hay el mundo que existe y el que es percibido. El sujeto y el objeto son solamente uno. No puede decirse que se haya derrumbado la barrera entre ambos como resultado de recientes experiencias en el campo de las ciencias físicas, porque esa barrera no existe.

Fuente: Cuestiones cuánticas, Heisenberg, Schrödinger, Einstein, Jeans, Planck, Pauli, Eddington. Editado por Ken Wilber. Editorial Kairós.

2 comentarios:

mendiga dijo...

si hay terrible ligadura entre los pensadores presocraticos y la fisica antigiua y actual. en todos los aspectos, y cincido en queno hay limites tanto para ala ni como para aca, en el fondo somos y estamos compustos abrolutamente todos de la misma "cosa"

Krisaltis-Crisaltis Diamantis dijo...

Es un hecho, la totalidad esta relacionada con todo lo existente, pero si siempre tenemos en cuenta esto, el lenguaje tal como lo empleamos no sería posible. En un intento por tratar de captar esa totalidad, simplemente la "fragmentamos". Cuando queremos hablar de una flor, no hablamos de ella como un todo entero, sino como compuesta por partes, y aún cuando se hable de la flor como un único ser, se le está dividiendo del resto del entorno, y aún hablando del entorno, de lo restringe de una totalidad mucho más abarcativa. De esta manera, de la esencia de las cosas no se puede hablar, o como diría Heráclito, "a la naturaleza le gusta ocultarse".