sábado, 21 de enero de 2012

La estructura universal del juego



La estructura universal del juego

Por Octavio Chon


            Analizar la estructura del juego es importante porque nos puede explicar la verdadera dimensión que toma éste cuando uno participa en él. Este examen será la clásica mirada que se tiene sobre el juego como modo de entretenimiento sino que incluso tendrá consideraciones ontológicas en tanto se realiza el juego. En primer lugar, como mencionaría Hans-Georg Gadamer, el juego ha sido considerado como algo meramente subjetivo en donde el sujeto sabe que está jugando y que está en un estado de reconocimiento del suceso como algo que no debe tomársele en serio, al fin de al cabo es un juego. Esta visión no hace justicia a la verdadera dimensión que toma el juego. Si bien es cierto que puede reconocerse la diferencia entre el jugador y el juego, esto no lo es todo ya que en el proceso mismo del juego lo que ocurre es un movimiento continuo. 

            Cuando el juego toma su sentido es cuando el jugador se entrega totalmente. Es cierto que mientras el jugador mantenga una distancia del juego en el sentido de pensar que es solamente algo pasajero y no serio hay una consciencia tácita de saber que nada de lo que ocurre pasa en la realidad, o que al menos no es lo mismo que vivir fuera del juego. Pero todo esto puede cambiar cuando uno ya está en el juego viviendo el juego en donde la línea de diferencia entre el jugador y lo jugado se hace menos nítida. Cuando alguien está sumergido en esa actividad simplemente comienza a tomarse más en serio el juego, mientras uno no se crea lo que está haciendo el juego simplemente no está cumpliendo su función. La respuesta a la cuestión ontológica del juego no está pues en preguntarle al sentido crítico del jugador respecto de esta actividad, evidentemente dirá que es solo un juego, lo cual está bien pero no es lo que se encuentra cuando uno se ve  dentro de todo el contexto en actividad.

            De lo que se trata es que el juego cobra vida en sí mismo y se desenvuelve como tal. Los jugadores están inmersos pero es ahora un asunto que se lo toma como si fuera real, y lo es para quien ya está sumergido en él. Aquí entra en escena una propiedad emergente al mismo estilo de la teoría de la complejidad en donde las estructuras aisladas una vez relacionadas manifiestan propiedades que antes no existían. Más que un holismo se trata de un desarrollo hacia la complejización del juego cuyo producto vino a partir de los jugadores. Ahora el juego es el que “abarca” a los jugadores y los lleva a su ritmo. El juego sigue el patrón de la teoría de estructuras disipativas dado por Ilya Prigogine, investigador físico y químico. En este postulado los diversos elementos que conforman un organismo se interrelacionan entre sí de manera que este movimiento organizado provoca propiedades que originalmente no se daban. Por ejemplo, si se toma una sola célula y se la compara con otro conjunto de células organizadas en un organismo, uno podría darse cuenta que en la apreciación de la sola célula no existía el organismo entero como tal. La aparición de un organismo con propiedades emergentes es diferente al de la célula, pero tiene su origen en ella. No es la célula pero contiene un conjunto organizado de células, o mejor dicho, es la célula y no lo es al mismo tiempo. Puesto en palabras del filósofo y biofísico Henri Atlan: “Por lo tanto, cada vez que pasamos de un nivel a otro, parece que nos vemos forzados a cambiar nuestro punto de vista, desde examinar las características de los elementos individuales de un modo que nos ayude a distinguir entre ellos, hasta examinar los mismos elementos, pero examinando cómo están unidos para crear el nuevo nivel de organización”[1]. Es inevitable resaltar este aspecto emergente porque desde esa base se puede extrapolar a una infinidad de circunstancias.

            El juego seguiría el mismo patrón de conducta ya que se tiene al jugador como una parte de todo el “engranaje”. Por supuesto que en el nivel del juego con lo que se trata ya no son con células sino con sistemas estructurados de ideas que hacen de soporte para la manifestación del juego en sí. En un juego debe haber una idea u objetivo, una trama que ha de seguirse. Las especificaciones que se dan previo al juego delimitan los elementos que la conforman. Sin embargo, cuando sucede el juego emerge una propiedad que es diferente a la que se consideró en un sentido reflexivo distante del suceso. En el mismo movimiento del juego, como se dijo, el jugador es llevado hacia la trama misma, lo que se desenvuelve es la trama y no tanto el jugador que más bien se desarrolla en el acontecimiento de eventos. En este punto uno puede extrapolar el papel del juego a los diversos sistemas de creencias que usa el ser humano para poder movilizarse en el mundo. Un sistema de creencias o de ritos tiene validez solamente si los participantes se dejan llevar por el mecanismo ideológico que conlleva el rito. 

En otras palabras, los que están en el sistema de creencias no diferencian entre lo que es real –lo que no es mito- y lo que no –el mito. De hecho, el sistema de supersticiones y demás es una forma de juego ampliada –por su estructura- y más compleja que el mero juego –tomado como simple distracción. Sin embargo, la estructura se mantiene ya que en ambos casos se nota un patrón, una similitud. Es decir, si uno pasa los esquemas del juego a los esquemas de las creencias dará cuenta que ambos tienen mucha similitud. Los que no participan en el juego o en las creencias no se ven influenciados por él. Claro que hay diferencias evidentes, como el hecho de que en un juego común al final siempre hay una diferenciación entre lo real y lo que no, por el contrario con las creencias pasa que siempre hay una fusión entre lo real e imaginario, al menos hasta que surja cierto escepticismo. Cuando el juego toma vida arrastra al jugador hacia su trama, lo que hace que se lo tome en serio. El ideario mitológico sería una suerte de juego jugado sin inicio ni fin. Haciendo un ejercicio mental, si a un juego no se le pone fin y se lo toma en serio, resultará, muy probablemente, igual de efectivo que un sistema de creencias cualquiera. Aquí es cuando el juego ya no se lo tomaría como algo pasajero, sino que se lo tomaría como una forma particular de vida. Toda esta abstracción solo es posible si se considera al juego en cuanto estructura cognoscitiva. Pero  prosiguiendo con la estructura del juego mismo, éste al llevar consigo al jugador se convierte en jugador jugado. Basta que la persona acceda al juego para que el papel del jugador cobre vida dentro del juego y sea él mismo quien es “jugado”. Para usar una analogía, se podría decir que el juego es la obra de teatro y el actor es el individuo, una vez que el individuo entra como actor-jugador, lo que se desarrolla es la obra entera, mientras el jugador siga con su libreto asumido como tal y no solo como libreto, es que la verdadera dimensión del juego-teatro se dará. Ahora, a diferencia de un teatro, el juego no siempre tiene que ser jugado para un público. 

Sin embargo eso no significa que el juego deje de ser juego, o más bien que la actuación en relación a los espectadores deje de tener validez. Como diría  Gadamer: “Para los actores esto significa que no cumplen su papel simplemente como en cualquier juego, sino que más bien lo ejecutan para alguien, lo representan para el espectador. El modo de participación en el juego no se determina ya porque ellos se agotan en él, sino porque representan su papel por referencia y con vistas al conjunto del drama, en el que deben agotarse no ellos sino los espectadores”[2]. Esto significa que el juego no pierde su esencia en esas circunstancias. En el teatro los espectadores forman parte del todo entero. El nuevo elemento no es impedimento para que se siga desarrollando la trama como tal. Es más, toma otra dimensión que posibilita un desarrollo más complejo. Si antes era el jugador el que hacía un papel, ahora es el espectador ocupando el papel “principal”. El juego entonces pasa a desarrollarse en torno al espectador. Y es que cuando uno está en esas circunstancias y el juego cobra vida, es la trama entera que abarca todo y se hace vivir. Visto de esta manera ambos, quien observa y quien actúa viven el sentido entero del juego. 

Sucede una suerte de transformación cuando se da el juego, lo que ocurre es que los mismos jugadores ya no están y lo que está “vivo” es el juego mismo que ha cobrado vida. “De acuerdo con todo lo que ya hemos visto sobre la esencia del juego, esta distinción entre uno mismo y el juego en el que consiste su representación no constituye el verdadero ser del juego”[3]. Esto significa que hay una propiedad emergente en el juego. Si visto de manera particular el que juega es el que representa algo, en este nuevo nivel el sentido de la identidad reflexiva distante del jugador ya no se mantiene para nadie y lo que se puede preguntar es solamente a qué está representando, pero llevado incluso más a fondo, esto también significa que quien asume su papel es el papel mismo.

En todo el entramado del juego ya no se trata de meras representaciones ni de meros espectadores, surge algo más que no puede ser explicado desde afuera, desde la consciencia reflexiva que se mantiene al margen, sino desde adentro porque toma otros matices que antes no eran percibidos con una visión superficial. Lo único que se expresa es lo que es representado que va tomando otro nivel a medida que la trama misma lleva todo y a todos a su realización. En lo que respecta a la representación, es en ella en donde se encuentra  el “generador” de la obra que se quiere representar. Si no fuera por este factor no habría motivo por el cual toda la trama se desarrollase. En el juego las cosas suceden porque se asumen ciertos papeles con el fin de estructurar la sucesión de eventos con lo que el juego mismo cobra vida.

Como se ha notado en un principio el juego visto superficialmente, o quizá desde un primer nivel, no comporta mayor relevancia. Esto es, que sin prestar atención a la verdadera esencia del juego este se lo puede tomar como algo no serio, un pasatiempo, algo de lo cual se puede marcar, diferenciar, tajantemente de la realidad, un asunto por el cual siempre se tiene una consciencia reflexiva. Pero ya se ha visto que esto no es así del todo ya que esa apreciación solo toma el lado del sujeto y no toma al juego como tal. Es así entonces que es imprescindible considerar el juego ya no como un acto poco serio, sino como movimiento, como lo que es. El juego pasa a ser entonces algo que está más allá de la consciencia reflexiva del sujeto, cobra su propio ritmo y embarca al propio jugador hacia el entramado entero. 

Entonces sucede una propiedad que emerge, que solo ocurre en la interacción de todo este sistema y es cuando ya el juego se hace sentir en su esencia. Además de esto cabe decir que es cuando el juego toma su verdadero significado que esa línea inicialmente marcada entre lo real y lo que no lo es deja de diferenciarse mucho. Es lo mismo que sucede con algunos actos. Es aquí en donde es importante hacer una pausa porque es el objetivo al que se quiere llegar: el juego visto como no solo punto de partida de apreciación de lo artístico, sino como punto de partida de apreciación de la cosmovisión de la sociedad como tal. Y es que en un sistema de creencias o en una visión particular de las cosas existen variables que se repiten. En ambos casos, en el juego y en los sistemas de ver el mundo –lo que le da mayormente sentido a la existencia- hay que asumir un rol, un papel en el cual la persona se desarrollará –cual RPG o rol playing game. Este papel está fabricado por la sociedad de acuerdo a su historia y contexto, pero que en la realidad, o mejor dicho, en la naturaleza tal cual no hay nada que diga que existen cosas las cuales se tienen que hacer. Las convenciones son las representaciones que se hacen como en un juego, se las asumen como tales y se las expresa como si fueran el ideal a seguir. Quizá el término arquetipo sea adecuado para este caso, ya que uno no es el objeto exacto de representación, sino que lo está imitando y expresa la esencia de lo representado, la idea general de lo que se supone se está aspirando. Claro está que en una obra teatral siempre hay espectadores, pero también es claro que para cada persona uno es el propio espectador de lo que le sucede a otros en todo este entramado.

Sin embargo, como en un primer nivel se entiende, el juego se lo puede ver desde la consciencia subjetiva del jugador, así como en la visión del mundo uno podría tomar un papel protagónico. Pero esto tampoco le haría justicia al entramado de la cosmovisión, en donde es el todo lo que se desarrolla y cobra vida, así como en el juego, solo surge su esencia cuando se lo asume, y esto es lo que sucede en la vida diaria en el momento en que se asimilan papeles y todo lo demás corre por sí mismo así como los roles de los demás actuando como una suerte de engranaje complejo multi-causal que pareciera tener vida propia. A este movimiento se lo puede considerar como propiedad emergente porque es la sociedad con su cosmovisión la que se desenvuelve por sí misma. 

A simple vista las cosas tienen sentido, pero la realidad es que no hay nada en las cosas que nos digan su sentido –aludiendo al Tractatus de Wittgeenstein-, sino que todos son construcciones sociales para un mejor desempeño de la comunidad y de la vida humana. Es imprescindible, por tanto, tener la estructura del juego. Por otro lado, el juego mismo se manifiesta como un tenue reflejo de lo que sucede a mayor escala en todos los niveles humanos ya que siempre se asumen roles, como el rol de madre, rol de padre, etc. No quiere decir que por ser rol dejen de ser lo que hacen o viven y que de pronto la representación desaparezca, sino que basta con preguntarse qué es el padre en un sentido universal, o más bien, si existen los universales. Se puede decir lo mismo de conceptos como el bien o el mal, no existen por sí mismos pero la gente tiende a representarse como lo bueno o como lo malo. A veces es automático, pero esto solo significa que ya se ha asumido el papel y que es el juego el que está arrastrando a los jugadores –sea de origen cultural como se está mencionando o por influencias biológicas.

En conclusión a todo lo mencionado se podría decir que hay en el juego algo más que solo un conjunto minúsculo de reglas y un tablero. Si se extrapola la estructura del juego y su funcionamiento esencial uno podrá dar cuenta de que el sistema se repite y es un reflejo de la cosmovisión de la sociedad en general puesto que en ambos se tiende a la representación consciente o inconsciente de ciertos ideales o arquetipos. En una religión esto puede verse más claro, en los sistemas de creencias religiosos quienes no son creyentes no forman parte de él, de modo que no pueden verse involucrados ni dejarse llevar por el mecanismo entero. Sin embargo, quienes son creyentes asumen los roles encomendados a tal punto que la diferencia entre la realidad y la ficción tiende a desaparecer. Aplicado este concepto a la sociedad en general se puede llegar a pensar, al menos provisionalmente, que la estructura por la cual opera el juego es universal a toda forma de vida hecha con fines de darle sentido –que puede ser provisional- a las cosas, y por sentido se entiende todo intento por darle explicación conceptual o simbólica a “lo que está ahí”.


[1] Varios autores, Gaia. Ed. Kairós. Edición a cargo de W.I. Thompson. Cuarta edición, pág. 115. Barcelona, 2006.
[2] GADAMER, Georg. Verdad y método, tomo 1. Pág. 153. Traducción de Ana Aparicio y Rafael de Agapito, ediciones Sígueme. Salamanca, 2001.
[3] Ibidem, pág. 156