sábado, 21 de agosto de 2010

Jacques Masui y mística

Experiencias de un caminante
Jacques Masui
Traducción: Juan García Atienza
[Tomado de El poeta y su trabajo, número 29, verano de 2008, México]

15-6-1942
Jamás el conocimiento nos llevará al Conocimiento, porque habrá
de suponer siempre una oposición entre sujeto/objeto. Cuando
ambos desaparecen surge –y sólo entonces– el verdadero cono-
cimiento. Esto es lo que perciben los poetas, lo que viven los
místicos.

Julio 1942

El primer peligro viene de la palabra misma, la palabra que sólo
satisface, sin que lleguemos a penetrar su misterio, sin que nos
hayamos empapado de aquellos aspectos de los real que ese misterio
pone en evidencia, fijándolos en una determinada forma.
Hay una especie de ascesis del lenguaje que sólo alcanza a
determinados seres, pero que es esencial. En un primer impulso,
nos lanzamos al lenguaje y creemos en él demasiado ciegamente.
Creemos sólo en él, en vez de sobrepasarlo. Pero primero habría
que captar los que expresa y, a continuación, hacerlo entrar en
nuestra propia sustancia. Por tanto, hay que huir de la palabra, para
poseerla mejor y dominarla.
El día que comprendamos todo su valor podremos jugar con
el lenguaje como con el más divino de los instrumentos.
Resumen: 1. Dominación por superposición
2. Utilización por dominio



26-8-1956

De vuelta a Suiza el viernes, después de un mes de ausencia.
Domingo tranquilo. El barrio de Auteil es algo exquisito. El
tiempo está fresco para esta época. Son raros los claros y llueve a
menudo. Al menos, ese tiempo no me disgusta. El aire es ya un
poco otoñal, todo parece calmarse y, sin embargo, me siento en
un estado de disponibilidad, pero calmado, relajado (de algo sirve
el reposo en Suiza). No tengo deseo hacia nada en particular. Mi
disponibilidad no tiene objeto. Es, con mucho, el estado más feliz.
Una especie de estado de plenitud, de espera, de calma. Despierto
a todo. Atento y sin tensión. Abierto sin reticencias.
Me doy cuenta ahora de que todo toma un relieve poético
extraordinario. Una especie de estado poético, pero en “estado”
puro.
Para que la poesía se haga patente hacen falta habitualmente
algunos ejercicios particulares, determinadas tensiones y un su-
frimiento. Conozco muy bien todo eso…Para que se produzca
el despertar a la realidad, incluso a un bajo nivel, hacen falta exci-
taciones felices o dolorosas que abran las puertas de lo invisible y
ensanchen bruscamente nuestro campo visual. Las ocasiones son
generalmente fortuitas y, aun así, son las más ricas, las más fértiles
en descubrimientos. Determinados poetas quieren provocar ins.
tantes que produzcan el despertar. Se les da muy mal demasiado
a menudo, porque ¿qué valor tienen los estados que alcanzan?

***
No hay duda de que son los estados poéticos de total disponibilidad
los que, por los potentes efectos que producen en nosotros, nos
permiten el acceso de modo natural a una vida superior iluminada.
Nada se parece menos a lo que se entiende por mística (o, de lo
contrario, habría que definirla de una vez por todas).
Habitualmente, los estados poéticos nos retienen por medio
de su seducción propia o ajena, de donde resulta o se desprende la
especie de tensión que los ha provocado. Nos quedamos “pegados”
al goce que provocan en nosotros, incluso si es triste o amargo.
En general, cuanto más nos complacemos en este goce más nos
alejamos de la iluminación o del despertar al que puede conducir
la poesía. Es cierto que esta complacencia es muy favorable al
acto mismo de escribir, porque generalmente las palabras que
conforman un poema surgen a partir de la pasividad gozosa, pero
entonces nos alejamos de la pura experiencia poética, que carece
de objeto, porque las cosas son como son.
Comprendo por fin que la poesía es la vida cotidiana, pero
vista en la realidad absoluta.

Ha sido encontrada.
¿Qué? la eternidad.
Es el mar mezclado
con el sol.


7-6-1966

Larga conversación con Michaux celebrada en su casa. Me pasan
al comedor (lo que no es muy corriente, que digamos), los árboles
del jardín sobre los que se asoma el apartamento han crecido mu-
cho. Extraordinario: el aroma del tilo en este Paris horriblemente
“petrolado”, penetra a bocanadas en la estancia. Me encuentra
contemplado ese maravilloso rincón de naturaleza que le encanta.
Me cuenta satisfecho de la belleza de un castaño rojo, cuya flo-
ración fue más abundante que en el bosque de Bolonia. “Ahora,
dice, cada árbol ha encontrado su lugar…hacen una buena pareja.
Unirse lleva tiempo. ¡Ah, si pudiésemos contemplar sus raíces!...
Nunca somos conscientes de ellas, a pesar de lo importantes y lo
bellas que son. No vemos más que una parte del sexo y posible-
mente se nos escapa su lado más bello”.
Le cuento que vi en algún lugar de Provenza, al borde de los
cortados[sic] de una carretera que acababan de ensanchar, las raíces
de varios árboles: un espectáculo magnífico el de aquellos nudos
rodeando las piedras, deslizándose por sus intersticios… “!Ah,
he ahí lo que debería verse siempre!” Nos vamos a comer a un
restaurante chino, donde yo estuve una vez con Jacques Gernet
y Terence Gray.

Fuente: http://motssurmots.blogspot.com/2010/01/jacques-masui-muere-en-1975.html