domingo, 15 de noviembre de 2009

Dichos de Chuang Tse

Dichos de Chuang Tse

escrito por Chuang Tse

El maestro carpintero Cheu, en su viaje en el país de Tsí pasó junto al roble que sombreaba el cerro del genio del suelo, en Köiu-yuan. El tronco de este famoso árbol podía esconder un buey. Se elevaba recto a ochenta pies de altura y esparcía unas ramas maestras, en cada una de las cuales se habría podido excavar una lancha. La gente acudía por decenas para admirarlo.

El carpintero pasó junto a él sin echarle ninguna mirada.

Pero, ¡mirad!, le dijo su aprendiz. Desde que manejo el hacha jamás he visto una pieza de madera tan hermosa. ¡Y ni se digna a mirarla!

He visto, dijo el maestro. Inadecuado para hacer una barca, un ataúd, un mueble, una puerta, una columna. Madera sin utilidad práctica. Vivirá mucho tiempo.

Cuando el maestro carpintero Cheu volvió de Tsí, pernoctó en Köiu-yuan. El árbol se le apareció en sueños y le dijo: Sí, los árboles de madera hermosa son talados jóvenes. A los árboles frutales se les rompen las ramas con el frenesí de robarles los frutos. Su utilidad les resulta fatal a todos. Asimismo, yo también soy feliz de ser inútil. A los árboles, nos ocurre lo mismo que a los hombres. Si eres un hombre útil, no llegarás a viejo.

A la mañana siguiente, el aprendiz preguntó al maestro: si este gran árbol es feliz de ser inútil, ¿por qué se dejó hacer genio del lugar?

Lo plantaron allí sin preguntarle su parecer, dijo el maestro, y además le importa un comino. No es la veneración popular que protege su existencia, sino su incapacidad para las utilidades comunes. Su acción tutelar se reduce a no hacer nada. Tal es el sabio taoísta, que es colocado allí a pesar suyo y se abstiene de actuar.

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Al producir los bosques, la montaña atrae a aquellos que la despojarán. Al dejar gotear su grasa, la carne activa el fuego que la asa. El canelero es cortado porque su corteza constituye un condimento apreciado. Se entalla el árbol de barniz para hurtarle su valiosa savia. La casi totalidad de los hombres se imagina que ser juzgado apto para algo es un bien. En realidad, lo que es una ventaja es ser considerado inepto para todo.

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Convertid el no-actuar en vuestra gloria, en vuestra ambición, en vuestro oficio, en vuestra ciencia. El no-actuar no desgasta. Es impersonal. Devuelve lo que ha recibido del cielo sin guardar nada para sí. Es esencialmente un vacío.

El hombre superior no ejerce su inteligencia sino a la manera de un espejo. Sabe y conoce sin acarrear atracción ni repulsión, sin que ninguna huella persista. Siendo así, es superior a todas las cosas y neutro respecto a ellas.

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No, no alabaré a aquel que ha violentado su naturaleza por la práctica de la bondad y de la equidad. No alabaré a aquel que se ha dedicado al estudio de los sabores o de los sonidos, o de los colores aún cuando fuera célebre como U-eull, como Cheu-koang, como Li-Chou. No, el hombre no es bueno por practicar la bondad o la equidad artificial. Es bueno por el ejercicio de sus facultades naturales. Aquel que sigue sus apetitos naturales utiliza correctamente sus gustos. Aquel que escucha su sentido íntimo utiliza correctamente su oído. Aquel que no mira más que a sí mismo utiliza correctamente su vista. Aquellos que miran y escuchan a los demás, fatalmente toman algo de las maneras y juicios de los demás, en detrimento de la rectitud de su sentido natural. A partir del momento en que se han desviado de su rectitud natural, que tengan la fama de bandolero como Chee o de sabio como Pai-i, poco me importa; a mi juicio no son más que hombres desviados. Ya que para mí, la regla consiste en la conformidad o disconformidad con la naturaleza. La bondad y la equidad artificial son para mí tan odiosas como el vicio y la depravación.

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En el centro de todas las cosas y superior a todas ellas, se encuentra la acción productora del Principio supremo. El Principio supremo es único y se transforma en acción productora. Trascendente y actuando sin cesar, es el Cielo (el instrumento físico de la acción productora del Principio). Por ello, los sabios adoptan como norma dejar hacer al cielo sin ayudarle, dejar actuar la acción productora sin interferir, dejar el primer Principio libre, sin pretender platicar en su lugar.

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Cheu-Choeng-koi se fue a visitar a Lao-tsé y le dijo: he oído decir que eres un sabio y he recorrido muchas tierras para venir a verte. He andado durante cien días, hasta tener la planta de los pies callosa, y he aquí que me percato de que no eres un sabio, pues haces conservar indefinidamente los restos de tus comidas; has maltratado a tu hermana porque las ratas hurtaron unas pocas legumbres.

Lao-tsé, con la mirada distraída le dejó hablar y no respondió palabra.

Al día siguiente Cheu-Choeng-koi volvió a casa de Lao-tsé y le dijo: ayer te culpé. Tu silencio me ha hecho reflexionar. Te pido disculpas.

Hago tan poco caso de tus disculpas como de tus reproches, dijo Lao-tsé. Me he desprendido de todo deseo de hacerme llamar sabio, trascendente. Aún cuando me tratases de buey o de caballo, no replicaría nada. Incluso si lo que dicen es verdadero o si es falso, dejar hablar a los hombres es ahorrarse la molestia de contestarles. Mi principio consiste siempre en dejar decir. Mi silencio de ayer fue una aplicación de ello.

Entonces Cheu-Choeng-koi pasó en torno a Lao-tsé, evitando pisar su sombra; luego, presentándosele cara a cara le preguntó lo que debía hacer para enmendarse. Lao-tsé le contestó con repulsa: ¡Tú, ser enmascarado cuyos ademanes y gestos denotan pasiones indómitas e intenciones desviadas! ¿pretendes impresionarme y hacerme creer que estás deseoso y eres capaz de cultura? ¡Ve, pues confío tan poco en ti como en cualquier bandolero de fronteras!

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El espíritu del sabio está dominado por una idea única y fija, no intervenir, dejar actuar la naturaleza y el tiempo.

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Aquellos que conocen la naturaleza no intentan expresarla con palabras; los que lo intentan, muestran con ello que no la conocen. El hombre vulgar yerra buscando en los libros de las verdades; no contienen sino ideas trucadas. Un día, mientras que el duque Hoan de Tsoi estaba leyendo en la sala alta, el carretero Pien estaba trabajando en la confección de una rueda en el patio. De pronto, dejando su martillo y su cincel, subió las escaleras, se dirigió al duque y le preguntó: -¿Qué estás leyendo? -Las palabras de los sabios, respondió el duque. -¿De los sabios vivos? preguntó Pien. -De los sabios muertos, dijo el duque. -¡Ah! dijo Pien, los detritus de los antiguos. Irritado, el duque le dijo: Carretero, ¿en qué te metes? Apresúrate a disculparte o mando que te sentencien a muerte. -Me disculparé como un hombre de mi oficio, exclamó el carretero. Cuando fabrico una rueda, si lo hago con poca intensidad, el resultado será débil; si lo hago con mucha intensidad, el resultado será macizo; si lo hago, no sé como, el resultado será conforme a mi ideal, una buena y hermosa rueda; soy incapaz de definir este método; es un truco que no puede ser expresado, hasta tal punto que no he podido enseñárselo a mi hijo y a mis setenta años, para obtener una buena rueda todavía es necesario que la haga yo mismo. Los antiguos sabios difuntos cuyos libros estás leyendo, ¿acaso han podido hacerlo mejor que yo? ¿han podido depositar en sus escritos sus trucos, su genio, lo que hacía su superioridad frente al hombre vulgar? De lo contrario, los libros que lees no son, como he dicho, más que los detritus de los antiguos, el desperdicio de sus espíritus, los cuales han dejado de ser.

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La naturaleza no se modifica, el destino no cambia, el tiempo no puede ser detenido, la evolución no puede ser obstruida. Dejad que las cosas sigan su curso natural y triunfaréis. Id en contra y fracasaréis.

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El detentor de un excelente sable de Kan-ue, lo conserva cuidadosamente en su vaina y sólo lo utiliza en grandes ocasiones por temor a gastarlo en vano. ¡Qué extraño! la mayoría de los hombres se esfuerzan menos en la conservación de su espíritu vital que no obstante es más valioso que el mejor filo de Kan-ue. Pues este principio de vida se extiende en todo, desde arriba del cielo hasta abajo en la tierra, en todas las transformaciones de todos los seres, y es tan poco sensible que no puede ser figurado, confundiendo su acción con la del Soberano (se entiende el Soberano cósmico, el alma del mundo). Integridad y pureza conservan el alma e impiden que se desgaste. En su estado de integridad y pureza entra en comunión con la regla celeste.

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El abandono de las preocupaciones y de los asuntos conservan la vida, ya que este abandono preserva el cuerpo del cansancio y el espíritu vital del desgaste. Aquel cuyo cuerpo y espíritu vital están intactos y despiertos, está unido a la naturaleza. Y la naturaleza es padre y madre de todos los seres. El ser es formado por condensación y es deshecho por disipación para convertirse en otro ser. Y si en el momento de esta disipación, su cuerpo y su espíritu están intactos, entonces es capaz de transmigrar. Quintaesenciado, se convierte en cooperador del cielo.

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Imaginemos una chalana que atraviesa un río. Si una barca vacía, a la deriva, viene y choca con ella, los marineros, aun siendo irascibles, no se enfadarán, porque no hay nadie que ha entrado en conflicto con ellos, puesto que la barca estaba vacía. Si por el contrario, hay alguien en la barca, gritos e insultos saldrán inmediatamente de la chalana. ¿Por qué? Porque ha habido un conflicto de personas... Aquel que habrá podido despojarse incluso de su personalidad, podrá recorrer el mundo entero sin experimentar ningún conflicto.

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Un subalterno no debe rebelarse contra las decisiones de su superior. ¡Tanto más el deber de la sumisión incumbe a cada hombre respecto al cielo!

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El apogeo del ying (condensado en la tierra) es la pasividad tranquila. El apogeo del yang (condensado en el cielo) es la actividad fecunda. La pasividad de la tierra ofreciéndose al cielo, la actividad del cielo ejerciéndose en la tierra, de ambos nacieron todos los seres.

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Para llegar a conocer el Principio, se debe ante todo no pensar, no reflexionar. Para llegar a comprenderlo, no hay que tomar ninguna posición, no hacer nada. Para llegar a alcanzarlo, no hay que partir de ningún punto preciso ni seguir ninguna vía determinada... El adagio dice: Quien sabe no habla; quien habla, enseña que no sabe nada. El sabio no habla ni siquiera para enseñar.

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Escuchad esta historia: Un hombre tenía miedo de la sombra de su cuerpo y de la huella de sus pasos. Para liberarse de ello, decidió huir. Pero cuanto más pasos daba, más huellas dejaba. Por rápido que corriera su sombra no le dejaba. Persistiendo a pesar de todo en creer que la adelantaría, corrió tanto y tanto que acabó muriendo. ¡Qué imbécil! Si se hubiera sentado en un lugar cubierto, su cuerpo no habría proyectado ninguna sombra; si hubiera estado quieto, sus pies no habrían producido huellas. Sólo habría tenido que estar tranquilo y todos sus males habrían desaparecido.

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No venerar a un anciano es no respetar los ritos. No honrar a un sabio es carecer de juicio. No inclinarse ante la virtud que irradia de otra persona es perjudicarse a sí mismo. ¡Recuérdalo, ganso! Y si esto es cierto para cualquier virtud, tanto más lo es para la ciencia del Principio, por el cual todo lo que es subsiste, cuyo conocimiento es vida y su ignorancia es muerte. Conformarse al Principio proporciona el éxito, oponerse a él, el fracaso asegurado. El deber del sabio es honrar la ciencia del Principio donde la hallare. Ahora bien, este viejo pescador la posee. ¿Acaso podía no honrarle como lo he hecho?

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Cantidad de recetas han sido inventadas por diferentes autores para gobernar el mundo, cada uno ha ofrecido la suya como si fuese la más perfecta. Sin embargo, todas han resultado ser insuficientes. Sólo hay un único procedimiento eficaz, dejar actuar el Principio sin contrarrestarlo. Está por todas partes, lo penetra todo. Si los influjos trascendentes bajan del cielo y suben de la tierra, si existen sabios, es gracias a él, inmanente en el todo universal. Cuanto más estrecha sea su unión con el Principio, más perfecto será el hombre. Los grados superiores de esta unión producen los hombres celestes, los hombres trascendentes, los hombres superiores.

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Aquel que ha penetrado el sentido de la vida, no se preocupa de lo que no contribuye a la vida. Aquel que ha penetrado la naturaleza del destino, no intenta ya escrutar esta entidad inescrutable. Para cuidar el cuerpo hay que utilizar unos medios convenientes; sin excesos no obstante, porque todo exceso es inútil. Hay que esforzarse además de mantener el espíritu vital, sin el cual el cuerpo está perdido. El ser vivo no se ha podido oponer a su vivificación ( en el momento de su nacimiento); tampoco podrá oponerse a que un día (cuando muera) la vida se retire de él. El vulgo se imagina que, para conservar la vida; es suficiente ocuparse del cuerpo. Se equivoca. Hace falta además, y sobretodo, prevenir el deterioro del espíritu vital, lo que es prácticamente imposible entre las preocupaciones del mundo. Es necesario pues, para conservar y hacer durar la vida, abandonar el mundo y sus problemas. Es en la tranquilidad de una existencia ordenada, en la apacible comunión con la naturaleza, donde se encuentra una recrudescencia de vitalidad, una renovación de la vida. He aquí el fruto de la inteligencia del sentido de la vida. Repitamos: Es el abandono de los problemas y de las ocupaciones (1) lo que conserva la vida; porque este abandono protege el cuerpo de la fatiga y el espíritu vital de desgaste. Aquel cuyo cuerpo y cuyo espíritu vital están intactos y dispuestos, está unido a la naturaleza. Y la naturaleza es padre y madre de todos los seres. Por condensación se forma el ser; por disolución se deshace, para reconvertirse en otro ser. Y si, en el momento de esta disolución, su cuerpo y su espíritu vital están intactos, él es capaz de transmigrar. Quintaesenciado, se vuelve cooperador del cielo.

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Si un hombre está completamente borracho y se cae de un coche, quizás quedará contusionado, pero no morirá ¿Por qué? ¿Sus huesos y articulaciones difieren de las de los otros hombres? No, pero en el momento de la caída, el espíritu vital de este hombre, concentrado por la inconsciencia, estaba absolutamente intacto. En el momento de la caída, debido a su inconsciencia, la idea de vida y muerte, el miedo y la esperanza, no han conmovido el corazón de este hombre. Y no se ha puesto rígido, no ha notado la dureza del suelo, he aquí por qué no se ha roto ningún miembro. Este borracho debe la integridad de su cuerpo a su estado de embriaguez. Así el Sabio perfecto será conservado intacto por su estado de unión con la naturaleza. El Sabio está escondido en la naturaleza; de esto le viene el que nada pueda herirle. –Considerando esto, cuando alguien es herido, no debe culpar a lo que lo ha herido; debe culparse a sí mismo, su vulnerabilidad es prueba de imperfección. Un hombre razonable no culpa el sable que lo hiere, ni la teja que le cae encima. Si todos los hombres buscaran en su imperfección la causa de sus desgracias, tendría la paz perfecta, el fin de las guerras y suplicios. Sería el fin del reino de esta falsa naturaleza humana, que ha llenado el mundo de bandidos; sería el comienzo del reinado de la verdadera naturaleza celeste, fuente de toda buena acción. No ahogar a su naturaleza, no creer en los hombres, he aquí la vía del retorno a la verdad, a la integridad original.

Fuente: http://www.sabiduria.es/index.php?option=com_content&task=view&id=38&Itemid=42