jueves, 1 de octubre de 2009

Despertar


Por Crisaltis-Krisaltis


El propósito de este breve texto es el de dar una reflexión a las personas, en medio de todo este torbellino de civilización que está inundando la vida de la gente, muchas veces aumentando el estrés, otras veces simplemente quitándoles el tiempo para pensar y sentir libremente. No solo eso, sino que también abunda la información light –o suave-, ligera para el espíritu, sin mucho que indagar por sí mismo, quitándole su valor reflexivo, profundo, especial y particular.

Cuando uno se detiene a mirar a las personas, lo que hacen, lo que comen, lo que leen, cuando trabajan, cuando hablan, cuando caminan, pocas veces somos realmente conscientes de todo ello. ¿Por qué es así? Muchas veces la cotidianeidad genera muchas acciones como si fueran automáticas, condicionadas. Incluso el erudito y el psicólogo no se escapan a esto. Si bien es cierto que cada quien tiene su propio ritmo de vida, no deja de ser verdad que la mayoría ya casi vive, por decirlo de alguna manera, por vivir. Es una suerte de problema existencial, cuando se siente que la vida no tiene que proveer más, uno puede llegar al punto en donde las cosas son monótonas. Para dar cuenta de ello se requiere de gran sensibilidad, y lo que es más importante, ser realmente uno mismo. Debido a los patrones a los que uno está expuesto, sucede que en las más de las veces nos olvidamos de esa percepción intuitiva. Y cuidado en esto, no confundir percepción intuitiva o sensibilidad con carencia de conocimiento. No se trata de desposeerse de toda clase de apreciación intelectual, sino de reconocer el balance.

La percepción intuitiva no es algo extrasensorial, sino un hecho muy humano y natural. Se trata de la capacidad innata que se tiene para vivir los momentos y reconocerlos como son, más allá de prejuicios o categorizaciones. La sensibilidad a la que me refiero es aquella que no olvida el sentimiento puro, esto es, disfrutar de la vida en su expresión poética, según nazca de uno mismo. Y no es un mero nacer por nacer de cada quien, porque esto puede malinterpretarse como libertinaje o postura extremista. El verdadero sentir que nace de uno mismo surge en medio de una comprensión que no tiene que ser exclusivamente verbal, tampoco es un estado sugestionado ni un efecto placebo y mucho menos un paliativo.

Según nazca, pues, del sentir de nosotros, los seres humanos, para poder proveer de una mejor relación unos con otros. Muchos pensarán que logrado esto todo será “perfecto”, o que todo tiene que ser así desde inicio. El nacer propio espontáneo no depende de los arquetipos en turno, con sus variantes individuales. Aunque es una tendencia natural el querer algo que evite imperfecciones. Entonces recordemos a Platón en su República, cuyo modo de gobierno no estaba diseñado especialmente para que se refleje al pie de la letra en la realidad, sino para que sirva de modo orientativo, dando posibilidad a posibles modificaciones posteriores. Y estuvo en lo cierto, porque cuando existe una superposición del ideal a las cosas, la espontaneidad y originalidad del nacer de uno se ve teñido, generando incluso más padecimientos internos.

Y es que –recordando a Jiddu Krishnamurti-, los problemas de las personas, al haber surgido del pensamiento, ¿cómo es que se cree que serán cesados por el pensamiento mismo? Es casi igual que decir que el agua puede secarse con más agua. Sin embargo, cuando uno siente realmente un surgimiento espontáneo en sí, no hay necesidad estricta de recurrir al pensamiento, y de ahí se sigue que no hay una relación directa dependiente con el ideal. Es más, la comprensión en sí misma del nacer espontáneo revela una sensibilidad particular, una fuerza interna propia que no depende de nadie. En la actualidad, cuando la persona no manifiesta esta comprensión sensible, sus energías se desgastan de tal modo que sucede lo que está ocurriendo, monotonía y agotamiento emocional y psicológico. Pero si tan solo, parafraseando al chamán Don Juan Matus, “detienen el mundo”, las cosas no se verían como se ven ahora, o por lo menos la perspectiva hacia la vida cambiaría de raíz.

Muchos podrían malinterpretar esta clase de comprensión según el nacer real de uno mismo con una suerte de revelación mística que acabará con los problemas de la humanidad. Puede pensarse que solo basta “comprender” y eso es todo. Pues, no se trata de un mero comprender, acá solo estoy haciendo uso de la palabra que más se le aproxima. No afirmo que se trate de una revelación mística, sino tan solo de compartir una manera de mejorar la vida de las personas. No expreso un método preciso, claro y semimatemático, sino plasmo un sentir desde lo profundo, con el cual aquel que me lea puede sentirse sincronizado, o quizá no. Pero de todos modos sé que servirá de alguna manera, porque es importante retomar la sensibilidad interna, que no es una sensibilidad de ver una película o leer una novela romántica, sino una comprensión de vida que traspasa la “superficie” de la realidad.

No se necesitan grandes maestros ni libros best-seller, no hay necesidad de contar con “cómo iluminarse en 30 días”, como si se tratase de un producto de aprender algún idioma en un mes. Sin embargo, existe la posibilidad de que uno cuente con ellos a modo de herramienta, pero ha de ser en extremo cuidadoso para no confundirlos con el propósito esencial de la vida que uno sienta. No se trata de autosugestionarse repitiendo algunas palabras optimistas, ya que en esto no hay un real proceso de comprensión, se trata simplemente de una interiorización consigo mismo. A veces las cosas pueden ser tan simples que no las vemos, y porque no las vemos es que nos complicamos. La mente ha sido entrenada para resolver cada problema en cuanto surja uno, eso se ha vuelto una cuestión interna, en la psique, desembocando en una actitud-patrón que lo que menos hace es comprender a fondo y de raíz lo que está sucediendo. Pero es importante que se “detenga” el mundo para contemplarlo con las características que se suelen pasar por alto.

Así, guiados por el verdadero sentir y sincronía de uno mismo, el sentimiento esencial, que nace de espontáneo, en una comprensión que no se limita a lo intelectual, que no está fuera del alcance de nadie, sino que todos pueden pero muchos olvidan, existirá un real escuchar al corazón. La pureza de corazón no depende de los prejuicios de la sociedad en turno, sino de una esencialidad innata que reside en toda persona, como una suerte de lenguaje universal, por el cual puede llegarse al ser esencial de cada quien. Sea, pues, en unión y armonía.



Namasté

Octavio Chon Torres