jueves, 1 de octubre de 2009

El Tao de la Cibernética

EL TAO DE LA CIBERNÉTICA

Raúl Encina T


Del Tao de la Física al Tao de la cibernética

“Desde el principio, (todo lo que está) separado debe tener su unificación, lo dividido debe combinarse. Por tanto, entre el cielo y la tierra, todo lo que está desordenado tiene su lugar propio, todos los miles de las ramificaciones y la confusión de diez mil terminaciones, todos tienen su origen. Ésto se debe a que una raíz se divide de diez mil ramas y las diez mil ramas pertenecen todas a una sola raíz. (Todos estos) hechos son la (forma) natural.”

Yi Toong Luen. De Las diez tesis importantes de Yueh Fei.1

Han pasado algunos años desde que el físico Fritjof Capra publicara su libro El tao de la física. Las consecuencias de su edición (1975) significaron el poner en evidencia algo que diversos científicos e intelectuales venían comentando desde hace algunas décadas en forma privada: El vertiginoso paralelo entre las teorías científicas en boga y las tradiciones espirituales de oriente. En efecto, años más tarde el propio Capra develaría el gran aporte que había significado para él contar con los comentarios de Werner Heisenberg, el connotado físico que había hecho enmudecer a todos aquellos que defendían el carácter predictible de la naturaleza, encajonada entre ecuaciones y axiomas infalibles, con su paradójica formulación del principio de la indeterminación.

A esta obra siguieron muchas otras que explicitaban de una manera cada vez más incuestionable la solidez de esas comparaciones epistemológicas, entre las más importantes están sin duda la obra de Lawrence Le Shan, El medium, el místico y el físico; la de Gary Zukav, Los maestros danzantes Wu-Li, y el trabajo de Amaury de Reincourt, El ojo de Shiva. Asimismo, desde la filosofía y la historia de la ciencia comenzaron a emerger prestigiosos estudios que analizaban desde una perspectiva más global el curso de los acontecimientos científicos a la luz de estas evidencias. Thomas Kuhn ya había impactado de lleno en los férreos pilares de los paradigmas científicos con su obra La estructura de las revoluciones científicas (1962), lo que pavimentó el camino para que se desarrollaran investigaciones que ponían en el tapete impensadas analogías entre los “clásicos” del pensamiento newtoniano-cartesiano y ciertas gnoseologías emparentadas con la alquimia y otros saberes que habían estado sepultados en el patio trasero de la modernidad. Uno de esos trabajos, que sería editado posteriormente en español, fue El reencantamiento del mundo de Morris Berman.

En estos distintos escritos se subrayaba cada vez con más énfasis algo que Stanislav Grof, uno de los padres de la psicología transpersonal disciplina que surgió precisamente del crisol de estos paradigmas, expresó en los siguientes términos: “Por lo general no se menciona en la mayoría de los libros de texto que muchos de los fundadores de la física moderna, tales como Einstein, Bohm, Heisenberg, Schroedinger, Bohr y Oppenheimer, no sólo hallaron su trabajo plenamente compatible con la visión mística del mundo, sino que en cierto modo entraron en el campo místico a través de la investigación científica.” 2 En efecto, al revisar la obra de estos científicos es imposible no coincidir en que esas visiones de la naturaleza, centradas en el papel significativo del observador en el campo de la percepción de los fenómenos naturales, se emparentaban en forma congruente con miradas que nos habían legado ancestrales tradiciones espirituales.

Sin embargo el curso de la reflexión no siempre tomó en consideración el legado que otras dimensiones del razonamiento cultural y científico habían estado planteando. En efecto, ya desde la primera mitad del siglo XX una serie de manifestaciones intelectuales comenzaban a anteceder una forma de pensamiento que cuestionaba abiertamente los paradigmas dicotómicos del racionalismo y del mecanicismo, hasta entonces imperantes como modelos de comprensión de los fenómenos científicos universales.

Por una parte comenzaba a gestarse una discusión al amparo de los estudios de los connotados filósofos y matemáticos Bertrand Russell y Alfred North Withehead con su Teoría de los tipos lógicos, análisis que contó con la intervención de filósofos de la talla de Ludwing Wittgenstein, quien había trabajado asimismo con el lógico matemático Gottlob Frege y posteriormente con los aportes del matemático de Cambridge, G. Spencer Brown.

En los albores de la U. R. R. S., otro conjunto de pensadores habían desarrollado una importante investigación acerca de los procesos de construcción del aprendizaje, por medio del estudio de las funciones cerebrales y el papel jugado por el medio ambiente en esos procesos de construcción del conocimiento a través de las dinámicas de internalización, ellos fueron Lev Vygotski, Alexander Luria y Alexei Leontiev.

También ocupado en esas problemáticas se encontraba el psicólogo suizo Jean Piaget, con su concepción genético-cognitiva del aprendizaje explicitada en los fundamentos de su epistemología genética. Estos últimos esfuerzos no sólo significaron un cambio en las viejas teorías mecanicistas y lineales del aprendizaje por otras más circulares y recursivas, sino que además representaron una mirada interdisciplinaria respecto de cuestiones que hasta entonces se habían venido investigando en la soledad de excluyentes disciplinas, fragmentando y atomizando el saber en una ciega carrera hacia la “supraespecialización”.

De igual modo significaron también el comienzo de una nueva epistemología, entendida esta vez en su versión anglosajona como “teoría del conocimiento”.

El grupo de Princeton-MIT, Bateson y la Gestalt

En torno al Instituto Tecnológico de Massachussets (M. I. T.) y al Instituto para Estudios Avanzados de Princeton fue desarrollándose a partir de 1940 la llamada “epistemología experimental” que representó un esfuerzo por parte de una generación de brillantes científicos (Warren McCulloch, John Von Neumann, Alan Turing y Norbert Wiener) de abordar los procesos mentales desde una perspectiva distinta a como lo venían haciendo psicólogos y filósofos, es decir, tenían el propósito de explicarlos por medio de formulaciones precisas y razonamientos matemáticos, así pensaban crear la ciencia de la mente, término que finalmente Norbert Wiener, uno de los prodigios de esa generación quien ya a los once años había comenzado una vertiginosa carrera por diversas universidades norteamericanas, bautizó con el nombre de cibernética. 3

Ciertamente el grupo tenía distintas posiciones filosóficas respecto de cómo abarcar este desafío, sin embargo el carácter experimental de sus investigaciones así como los logros que comenzaron a representar, especialmente en el campo de las nuevas tecnologías, determinaron que el grupo proyectara sus ideas hacia diversas latitudes con el consiguiente beneplácito de muchos otros técnicos y pensadores que recogieron extasiados sus formulaciones y descubrimientos. El papel que comenzó a jugar la lógica como base de la cibernética determinó que esta disciplina, así como los trabajos en que se vieron involucrados Russell y Withehead, cobraran una insospechada importancia. Asimismo otro brillante pensador, el austrocanadiense Ludwig Von Bertalanffy , vería impulsada su teoría general de sistemas como una de las herramientas fundamentales de esta nueva disciplina.

De este modo, las llamadas Conferencias de Macy, en Nueva York, patrocinadas por la Josiah Macy Jr. Fundation, no sólo fueron dándole cuerpo a este torbellino de ideas, sino que además posibilitaron que otros investigadores, provenientes de diversas áreas de la ciencia, comenzaran a desarrollar sus propias proposiciones teóricas. Entre ellos se encontraba uno de los pensadores clave de este proyecto: el antropólogo Gregory Bateson.

En efecto, uno de los intelectuales que llevó sus indagaciones por el camino de la ciencia de la mente y del orden fue sin duda este “ecologista del espíritu” quien, influido por un conjunto de teorías que comenzaban a gestarse en el terreno científico, desarrolló una visión partiendo desde el punto de vista sistémico en el que la vida y la mente constituyen un conjunto de procesos que representan la dinámica de la autoorganización. Por lo tanto, sostenía, la mente es un fenómeno que caracteriza a los organismos, sociedades y ecosistemas vivos anterior incluso al desarrollo del cerebro y del sistema nervioso superior, los que finalmente hacen posible, en tanto estructuras biológicas, la realización de esta dinámica fundamental de los sistemas autoorganizados.

Bateson llegó a estas conclusiones preguntándose acerca de cuál es la pauta que conecta los distintos sistemas vivos autoorganizados, los que bien pueden incluir seres vivos, comunidades, familias, bosques, etc 4 . A esta pauta, que en el fondo constituye una metapauta, se le han analogado los conceptos de patrón, mente, forma y cualidad, diferenciándola de las nociones físicas de materia, energía y cantidad, teniendo presente no obstante, que las primeras pueden “corporizarse” en las segundas, lo que resuelve la clásica dicotomía cartesiana entre materia “res extensa” y mente “res cogitans”.

Esta visión global de los sistemas autoorganizativos tiene su antecedente en los fundadores de la teoría de la Gestalt, Max Wertheimer y sus colaboradores Kurt Koffka y Wolfgang Köhler, a los que siguió la investigación de Kurt Goldstein. Para ellos, los organismos vivos no perciben el medio como elementos aislados, sino como Gestalten, es decir, como totalidades. Wertheimer en su obra Pensamiento productivo señala: “hay contextos en los cuales ocurre que el todo no puede deducirse de las características de las partes, por separado, sino más bien a la inversa. Lo que ocurre en una parte del todo está, en muchos casos, determinado por la estructura interna del conjunto.” 5

De igual modo Bateson elaboró una teoría de la comunicación en la cual plantea que en los sistemas culturales el traspaso de la información está regido por un principio de causalidad circular, en el que se genera una retroacción entre el efecto y la causa, lo que retoma el postulado cibernético de feedback, y cuestiona el fundamento lineal de la “teoría matemática de la comunicación” de Claude Shannon, retomada posteriormente por Roman Jakobson. Este principio sistémico circular será clave en las posteriores concepciones de los pensadores sistémicos, gestados esencialmente a partir de la Escuela de Palo Alto, en la costa oeste de EE. UU.: Paul Watzlawick, John Weakland, Richard Fish, Virginia Satir; y, paralelamente, la Escuela de Milán: Mara Selvini, Giuliana Prata, Luigi Boscolo, Gianfranco Cecchin, en Italia.

A estos desarrollos teóricos que revolucionaron no sólo el campo de la comunicación, sino todo una concepción acerca del rol que ocupa el observador en los procesos que distingue y que por lo tanto configuran las diversas visiones sociales, les siguieron los modelos de la llamada cibernética de segundo orden o cibernética del sistema de observación, principalmente de los trabajos de Heinz Von Foerster y Luigi Boscolo (quien se ha definido como construccionista) entre otros, y se ha elaborado asimismo el paradigma constructivista radical, concepto acuñado por Ernest Von Glasersfeld.

A ellos se ha sumado el aporte de los neurofisiólogos Humberto Maturana y Francisco Varela quienes son los gestores, producto de su trabajo conjunto acerca de los llamados sistemas autopoiéticos, de la llamada “escuela de Santiago”. Varela, quien abandonó recientemente este mundo para continuar el inexorable viaje de su espíritu, nos dejó, en una ponencia que denominó “las múltiples figuras de la circularidad”, algunos comentarios que se ajustan coherentemente con su camino de meditación budista tibetano: “La circularidad de los sistemas vivos y sociales es efectivamente el hilo de Ariadna que permite comprender su capacidad para la autonomía [...] me parece que la noción de circularidad (autorreferencia, reflexividad) es importante para muchos de nosotros no solamente en terapia familiar sino también en la ciencia.” 6

Las tradiciones, la totalidad y el círculo

“Supongo que todo comienza con los Pitagóricos versus sus antecesores, y su disputa tomó la forma de. ‘¿Tú me preguntas de qué están hechas las cosas, de tierra, de fuego, agua, etcétera, o preguntas cuál es su patrón (o pattern) o pauta?’ A Pitágoras le interesaba más esto de la pauta o el patrón y no la substancia. Esa controversia ha perdurado por los siglos y hasta hace poco la mitad pitagórica estuvo prácticamente sumergida. Los gnósticos siguieron a los Pitagóricos, y los alquimistas a los gnósticos y etcétera.”

Gregory Bateson 7

La unidad armoniosa originaria del universo es uno de los contenidos esenciales de las tradiciones espirituales de la humanidad. El quiebre dicotómico de este universo perceptual aparece como la ruptura del hombre con su trascendencia, del sujeto con el objeto. El pensador tradicional Frithjof Schuon lo describe en los siguientes términos: “Hay, en el Universo, lo conocido y el que conoce; en Atmâ, los dos polos están unidos, uno se encuentra inseparablemente en el otro, mientras que en Mâyâ esta unidad se escinde en sujeto y objeto” 8 . Es esta ruptura equivalente al quiebre del círculo original Wu Ji, donde los opuestos complementarios Yin-Yang se desequilibran en opuestos contradictorios generando la desarmonía de la naturaleza. Asimismo, en la tradición occidental el concepto de religión hace referencia, según la versión de Lactansio, a re-ligare, es decir, a re-unir al hombre con la totalidad. Una lectura similar se puede hacer del concepto sánscrito de samadhi ( sam: con, y adhi: en relación) estado en el cual el sujeto se ha reunido con la Supramente. Otra raíz que expresa el mismo sentido es la de yoga, que proviene del sánscrito yug: unir. De este modo el hatha yoga puede ser traducido literalmente como la unión del sol y la luna, significando asimismo la integración de los opuestos complementarios

Otro de los pensadores más significativos del pensamiento tradicional en Occidente fue sin duda el francés René Guénon. En una de sus obras escribe acerca de los conceptos de la doctrina hindú, Purusha y Prakriti los que compara con los conceptos occidentales de Esencia y Sustancia, ambos principios universales en que se expresa esta polaridad. Luego advierte: “Entendidas en este sentido relativo, y sobre todo en relación con los seres particulares, la esencia y la sustancia son en suma la misma cosa que los filósofos escolásticos han llamado ‘forma’ y ‘materia’ [...] y, en la aplicación que de ellos se hace más especialmente en el caso de los seres individuales esta ‘forma’ y esta ‘materia’ que los constituyen son respectivamente idénticas a lo que la tradición hindú designa como nâma y rûpa”. 9

Por su parte en las tradiciones marciales internas chinas (Nei Jia) encontramos un conjunto de estilos que sostienen estas concepciones, tales como el Ba Gua Zhang (la palma de los ocho trigramas); el Xing Yi Quan (también Hsing Yi Chuan y en cantonés Ying Yi Kuen, corresponde nada menos que al boxeo de la forma de la mente); y el más popular Tai Ji Quan (el boxeo del supremo último) donde la circularidad y la armonía de los opuestos constituyen la base de todo el sistema y sus diferentes estilos.

Es en el reconocimiento de estas tradiciones desde donde podemos fundamentar la visión de Pitágoras, Platón y la nueva ciencia. De allí que Stanislav Grof, quien conoció y compartió visiones con Bateson a partir de su residencia en el Instituto Esalen, afirmara que la ciencia moderna es netamente neoplatónica y neopitagórica.

De este modo, el círculo comienza a cerrarse.

Finalmente, en los relatos de ciertas tradiciones, entre los que se cuenta el del círculo de las manos adherentes, se sostiene que las diversas etimologías de la palabra magia, desde sus acepciones indoeuropeas (mah - mag) hasta las hebreas (magal), como el árabe (al mandal) hacen referencia al círculo. Quizás sea éste el momento de ir cerrando el gran círculo mágico que integra en su diversidad las múltiples metavisiones de las tradiciones científicas y espirituales, del hombre con su entorno, de los unos con sus legítimos otros.

Notas:

1 Traducción Yang Wing-Ming. Arte Marcial Interno Chino. Hsing Yi Chuan. Ed. Mirach, S. L. Madrid, 1995.

2 Grof, Stanislav. Psicología Transpersonal. Nacimiento, muerte y trascendencia en psicoterapia. Ed. Kairós, p. 31.

3 Wiener, Norbert. Cibernética. El control y la comunicación en el animal y la máquina,1948. La palabra cibernética está tomada del griego y quiere decir: piloto, timón. Uno de los conceptos que Wiener desarrolla es el de feedback, es decir, retroacción o retroalimentación, para hacer referencia a aquel principio según el cual las informaciones sobre lo que está sucediendo alimentan continuamente al sistema, permitiéndole adaptarse a los nuevos acontecimientos. Bateson definió la cibernética como: “Rama de las matemáticas que se ocupa de los problemas del control, la recursividad y la información”. Bateson, Gregory. Espíritu y naturaleza. Amorrortu Editores, Buenos Aires, Argentina, 1980, p. 200.

4 Cfr. Keeney, Bradford. La estética del cambio. Ed. Piadós, Buenos Aires, Argentina, 1987

5 Wertheimer, Max. Productive Thinking.1945. Apud: Manterola, Marta. Psicología educativa: conexiones con la sala de clases Ed. Universidad Católica Blas Cañas, Santiago de Chile, 1998, pp 130-131.

6 Varela, Francisco. En: Elkaïm, Mony (comp.). La terapia familiar en transformación. Ed. Paidós, Barcelona, España, 1998, pp. 128-129.

7 Bateson, Gregory. Form, substance and difference.1970. Apud: Huneeus, Francisco: Lenguaje, enfermedad y pensamiento. Ed. Cuatro Vientos, Santiago de Chile, 1986, pp. 50-51.

8 Schuon, Frithjof. Tras las huellas de la religión perenne. Ediciones de la Tradición Unánime, Barcelona, España, 1982, pág. 13.

9 Guénon, René. El reino de la cantidad y el signo de los tiempos. C S Ediciones, Buenos Aires, Argentina, 1995, pp. 20-21.

Fuente: http://www.ecovisiones.cl/metavisiones/taocibernetica/taodelacibernetica.htm