martes, 27 de julio de 2010

Sobre el aspectismo

Vida de “feos”

Más que el racismo o el sexismo, la discriminaciÓn por el aspecto fÍsico o “aspectismo” es hoy la más extendida de cuantas existen. Se premia la belleza, pero, sobre todo, se castiga la fealdad: en el trabajo, en los juicios, en la calle... en estos casos la propia estima tiene mucho que decir. He aquÍ cinco “feos” satisfechos.

Por Flora Sáez

“¿Qué es la belleza?No lo sé, pero la identifico en cuanto entra por la puerta”, declaró al ser interrogado por tan sesuda cuestión el productor estadounidense Aaron Spelling, padre de series tan siliconadamente versadas en la materia como Los vigilantes de la playa y Melrose Place. ¿Qué es la fealdad? La pregunta no ha encontrado todavía unas palabras tan ingeniosas, probablemente porque es aún más difícil de responder que la primera. Lo único meridianamente claro a este respecto es que el adjetivo feo/a aplicado a las personas ha entrado en el saco de lo políticamente incorrecto y que llevarlo posado sobre el cuerpo de uno/a da lugar a algunas de las más duras discriminaciones. Y esto es infinitamente más relevante que cualquier diatriba semántica.

Como ha demostrado la psicóloga y especialista en neurociencia cognitiva Nancy Etcoff en La supervivencia de los más guapos (Debate), de ser feo no se desprenden buenas consecuencias. “Los guapos encuentran compañeros sexuales más fácilmente y tienen más probabilidades de suscitar la clemencia de los tribunales y obtener ayuda de los desconocidos, por poner sólo algunos ejemplos. La belleza conlleva ventajas sociales y económicas modestas pero reales y, algo que es tanto o más importante: la fealdad desemboca en grandes desventajas sociales y en discriminación. Diversos estudios demuestran que el castigo por la fealdad puede ser mucho mayor que el premio por la belleza”.

Sociólogos, psicólogos e incluso economistas como el norteamericano David Marks coinciden en señalar que la discriminación por el aspecto físico –para la que en inglés se ha acuñado el término lookism, algo así como aspectismo– supera en la actualidad a otras como el racismo o el sexismo. Más aún: se ha extendido como ninguna otra aunque, al mismo tiempo, es de la que menos se habla y la más difícil de reconocer. Nada mejor que una anécdota del profesor español Juan Antonio Herrero Brasas, que imparte Ética y Políticas Públicas en la Universidad del Estado de California (EEUU), para comprenderlo. “Hace algún tiempo tuve la oportunidad de dar algunas clases a grupos de ejecutivos de grandes empresas. Pues bien, allí había blancos, afroamericanos, personas de origen asiático e hispanos, hombres y mujeres... Eso sí, todos tenían un aspecto imponente. Prácticamente no había ninguno al que no se le pudiera considerar una persona atractiva”.

Como en otros casos, la sociedad norteamericana ha sido la más ágil a la hora de detectar el fenómeno, ponerle etiqueta y tomar algunas medidas para atajar sus efectos más perversos. El aspectismo como causa de discriminación laboral está legalmente penalizado en EEUU y las sanciones para quienes incurren en él pueden llegar a ser astronómicas. La frase “a esa gorda no la quiero en mi empresa”, pronunciada por el director de una importante firma californiana, sirvió para convertir en multimillonaria a la secretaria objeto de tan insultante observación y para sacar algo más que los colores a la empresa discriminadora. Muchos departamentos de recursos humanos realizan las entrevistas de selección de personal telefónicamente o utilizando una pantalla que impide ver al candidato, para no dejarse influir por su aspecto o para que no les puedan acusar de ello. Tampoco es de recibo pedir a los solicitantes de un empleo que añadan una fotografía a su currículo y asimismo están prohibidos los anuncios de trabajo que hagan mención alguna a la apariencia física.

Medidas. Aunque la conciencia frente al aspectismo es todavía incipiente y el problema está muy lejos de encontrar solución, los resultados de estas medidas saltan ya a la vista. Y resultan especialmente evidentes si se miran desde un país como el nuestro, en el que el problema ni siquiera ha comenzado a tenerse en cuenta. Una vez más el ejemplo lo pone Herrero Brasas: “Hace poco un amigo también español y yo, que nos íbamos de vacaciones a Hawai, nos encontramos al llegar al aeropuerto norteamericano del que partíamos con que nuestro vuelo había sido suspendido. La relaciones públicas de la compañía, una mujer competentísima, rápidamente se hizo con la situación y manejó el problema con una destreza y una simpatía impresionantes. Entonces, a mi amigo y a mí se nos ocurrió pensar lo mismo: aquella profesional tan excelente jamás habría sido contratada en España como relaciones públicas de una compañía aérea ni de ninguna otra. Era bajita y muy gorda”.

Y del ejemplo a la reflexión: “En países como España las empresas están desaprovechando la capacidad de muchos buenos profesionales por razones como éstas. Las personas de una apariencia física poco atractiva son muchas veces las de mayor valía y competencia, precisamente porque se han visto obligadas a compensar de este modo la injusta discriminación que sufren”, añade el profesor.

Mari Angels Bou Dardé es ama de casa, vicepresidenta de una asociación de críos disminuidos psíquicos y voluntaria del grupo de teatro El Trampolín. Vive en Palafrugell (Girona), tiene 24 años, pesa 165 kilos y busca trabajo. La rechazaron como dependienta de un pequeño establecimiento por su obesidad. No son suposiciones suyas, sino que así se lo dijeron, sin más rodeos. Ahora, cada vez que encuentra una oferta de empleo que se ajusta a su perfil llama antes por teléfono para hacer la siguiente advertencia: “Soy obesa, ¿les intereso?”. Todos le han respondido que no y ella no oculta su frustración. Quizá por eso vierta buena parte de sus energías en el trabajo con la asociación: “Allí no les importa mi peso. Les importa mi valor, lo que puedo aportarles y mi personalidad”.

Diplomáticos. Las repercusiones laborales del aspectismo son importantes, pero ni son las únicas ni, en muchas ocasiones, las más sangrantes. Basta con pasear por la calle para darse cuenta de que, sobre el asfalto, las cosas no son mucho más fáciles. “Hay gente diplomática, pero otros te señalan con el dedo en plena calle o se ríen en tu cara. Antes respondía, pero ahora no les hago caso. Esa gente no merece mi atención”, sentencia Mari Angels.

No todos tienen esta capacidad de protegerse y reaccionar ante un entorno adverso. A finales del siglo XIX el psicólogo Janet dibujó los trazos de una enfermedad llamada dismorfofobia que afecta a personas que se sienten muy a disgusto con su aspecto físico, hasta el punto de pensar que los demás no les soportan por esta razón. “Es posible que estas personas ni siquiera tengan razones objetivas para sentirse feas, pero llegan a tener graves problemas de relación social, se encierran en casa e incluso abandonan el trabajo porque así lo creen”, explica Rosa Raich, miembro del departamento de Psicología de la Salud y Psicología Social de la Universidad autónoma de Barcelona y especialista en trastornos de la imagen corporal. “He visto a un paciente de 25 años que llevaba cuatro sin salir de su casa a causa de su pelo, y porque se creía muy feo. Sin embargo, su cabello entraba dentro de lo normal. Pero estos casos extremos, por fortuna, son muy poco frecuentes”, precisa. Se estima que un 1,29% de las mujeres y un 1% de los hombres padecen algún grado de dismorfofobia.

No está claro que fuese esta enfermedad la que llevó a Amparo Lorente a dejar los estudios a los 14 años. Por lo que cuenta esta valenciana que hoy tiene 49, razones “objetivas” no le faltaron para sentirse “fea y discriminada”. “Mi madre siempre me decía que no había visto cosa más horrible que yo cuando nací. Todo el mundo decía que era fea, pero fue en el colegio donde lo pasé peor. No me rechazaban abiertamente, pero siempre me relegaban. En los juegos, en las salidas, en todo. No me atrevía ni a levantar la mano en clase con tal de que nadie me mirara. Mi familia cambió varias veces de residencia y cada cambio de colegio era un trago horrible para mí. Siempre había ido muy adelantada y me gustaba estudiar, pero al terminar la Primaria no quise seguir más por estas circunstancias”.

Hoy Amparo se reconoce una mujer muy diferente de aquella adolescente que dejó de estudiar. La niñez, la adolescencia y la juventud son etapas especialmente difíciles para las personas poco atractivas. “Soy muy bajita, mi cara nunca ha sido muy agraciada, tengo poco pelo y los pies planos, así es que las piernas han acabado por torcerse... Pero he ido mejorando mucho con el paso de los años. Es como si hubiera florecido con la edad. Antes era muy tímida, pero al madurar me he vuelto mucho más abierta y hasta divertida. Creo que una vez que te aceptas tal como eres, lo reflejas al exterior y ese cambio se nota”.

Esta impresión de Amparo Lorente está refrendada por los especialistas: a veces no es tan determinante nuestro aspecto real como la convicción personal que cada uno tenemos sobre nosotros mismos, si creemos que tenemos atractivo o, por el contrario, consideramos que carecemos de él. En otras palabras: la autoestima es quien tiene la palabra. Y su poder de convicción es, en ocasiones, sorprendente. Isabel Castelnou, una barcelonesa de 33 años que se considera hija adoptiva de Palamós (Girona), es una de las personas que más confían en él. “Te pueden catalogar de patito feo, pero tú puedes sentirte atractiva. Lo que importa no es cómo te vean los demás, sino cómo te veas tú. Creo que el canon de belleza es uno para cada persona y que aceptarse forma parte de un proceso de madurez. En mi caso, cuanto más se me rechazaba (en el colegio y en el instituto, durante la infancia y la adolescencia), más salidas buscaba por otro lado. Me marcaba otras prioridades y hacía cosas que no hacían los otros. El rechazo me hizo madurar, ser más fuerte y aprender a valorarme por mí misma y no por los demás”.

Isabel apenas mide 1,50 y pesa 111 kilos. Es la principal impulsora de la web www.obesos.org y uno de sus empeños consiste en demostrar que obesidad no tiene por qué ser sinónimo de enfermedad, ni de una vida limitada.

Actitud propia. Está convencida también de que es la actitud propia la que condiciona, en gran medida, ser rechazado o no por el entorno. Ella, de hecho, no considera que haya sido discriminada laboralmente. Es trabajadora social y se siente respetada profesionalmente y querida por las personas con quienes trabaja: “Por tu propia experiencia, desarrollas una capacidad especial para entender a los demás y consigues conectar con ellos con mayor facilidad”, argumenta. Pero antes hizo otras muchas cosas “poco aptas”, teóricamente, para personas obesas: vendió productos adelgazantes, condujo camiones y, tras seguir un curso de socorrismo acuático, fue vigilante de playa. “Entendí que no adelgazar no tenía que significar tener menos oportunidades en la vida”. En ninguno de los terrenos. Tampoco en el de las relaciones afectivas. “El físico me ha servido de filtro para los hombres, lo cual es estupendo. Por ello las relaciones que he tenido han sido profundas, tiernas, sinceras, estables y enriquecedoras. Se trata de gente que se ha acercado a mí rebasando la frontera de mi imagen”, argumenta. Vive en pareja desde hace cuatro años.

Cuando se le pregunta por su definición de fealdad, Isabel no necesita pensárselo ni dos segundos: “La fealdad es la radiactividad, la intolerancia, las bombas que están tirando... No creo que haya personas feas. Es cuestión de saber buscar lo que hay en ellas”. Pero lo cierto es que el esquema estético de nuestro mundo es cada vez más estrecho y obeso se ha convertido en sinónimo de feo. Como explica Rosa Raich, los estudios del investigador de la imagen Tom Cash sobre la evolución de los gustos sociales en buena medida lo corroboran. Este investigador examinó las preocupaciones estéticas de 30.000 sujetos, hombres y mujeres en la década de los 70, de los 80 y de finales de los 90. Una de sus principales conclusiones fue que, si bien hace 30 años el rostro concentraba la mayor parte de esas preocupaciones (entonces, ser bello podía entenderse como tener un rostro bonito), la importancia de esta parte del cuerpo se ha difuminado totalmente y ha sido sustituida por la que suscitan la “apariencia general” y la figura, que es casi tanto como decir el peso.

Lejos de difuminarse, la importancia que se le concede a la apariencia física y la presencia del aspectismo cobran fuerza con el paso del tiempo. Son más vigorosos cuanto mayor es el grado de desarrollo económico de un país. “Cuando una sociedad se desarrolla, tiene más tiempo para pensar en la estética. Y no sólo eso, también encuentra tiempo para ir a los gimnasios y tiene más dinero para gastar en productos y tratamientos cosméticos. La preferencia por los más guapos también se da en los países menos desarrollados, pero a nivel general en éstos hay una menor presión social”, razona Juan Antonio Herrero Brasas.

También Mariano González, un burgalés de 41 años, cree que esa presión es, al menos en esta parte del mundo, cada vez mayor. “Cuando yo era un chaval y me movía con los chicos de mi barrio, el cuerpo no preocupaba tanto como ahora. Quizá antes la gente era más bruta, más hiriente diciendo las cosas, pero nada más. En esta sociedad cada vez más individualista y competitiva, el aspecto físico es uno de los instrumentos que la gente utiliza para competir. Desde luego, si yo fuera un jovencito ahora, creo que lo tendría mucho peor de lo que lo he tenido”. Mariano heredó en sus genes una enfermedad llamada neurofibromatosis. Este mal, que por el momento no tiene cura, puede manifestarse con unas manchas de color café que se extienden sobre el cuerpo o con malformaciones en la piel. Un accidente sufrido en la infancia desveló con los años su verdadera importancia: a partir de los 13 años la parte superior del ojo izquierdo, la zona afectada por aquel traumatismo, empezó a concentrar y manifestar con virulencia las irregularidades cutáneas propias de la enfermedad. El rostro de Mariano comenzó a deformarse y su expresión se transformó. “El problema empezó en la típica edad de ligar. Sobre todo entre las chicas, yo sentía un rechazo muy sutil. Lo suplía siendo el chico más enrollado, un tío alegre y simpático, el que más escuchaba a los demás. Claro, tenía muchos amigos y amigas, pero nunca pasaba de ahí la cosa. Y yo me preguntaba: ‘¿Y esto es por mi cara, o es porque soy muy malo ligando?’ Pero nunca me ha interesado profundizar mucho en este asunto. Supongo que ha sido mi mecanismo para no hacerme daño”.

Zancadillas. Mariano tardó en encontrar pareja, pero hace casi diez años que disfruta de una relación estable. Se considera afortunado de que su físico no le haya puesto zancadillas a la hora de trabajar. Lo ha hecho en hostelería, en una empresa de metal y reforestando bosques. Hoy es el responsable del sindicato de Servicios Privados de CCOO en Burgos. “Supongo que, de haberme movido en otro tipo de ambientes, hubiera tenido más problemas”.

¿Cómo es posible que unas sociedades supuesta y pretendidamente democráticas permitan que se discrimine a las personas por algo tan relativo, aleatorio y antidemocrático en su génesis como la apariencia física? Algunas de las teorías más recientes indican que la importancia que otorgamos a la belleza humana –y, por supuesto, a su ausencia– tiene razones profundas que anidan en su utilidad como mecanismo de adaptación biológica. “La belleza constituye una parte universal de la experiencia humana y produce placer, llama la atención y propicia actos que contribuyen a asegurar la supervivencia de nuestros genes. Nos encanta ver una piel suave, una mata de pelo brillante, una cintura curvada y un cuerpo simétrico porque en el transcurso de la evolución las personas que notaban estas señales y deseaban a quienes las poseían tenían más éxito en la reproducción. Nosotros somos sus descendientes”, explica Nancy Etcoff.

Hasta tal punto estas preferencias están arraigadas en nosotros que, según demuestran diversas investigaciones, los padres responden con más cariño a los bebés físicamente atractivos que a los que no lo son. Asimismo, afirman que los niños vienen al mundo con la capacidad de reconocer y preferir lo bello.

Pero las aportaciones culturales también han hecho de las suyas. La idea de que belleza es sinónimo de bondad se remonta al menos a Platón. Para no pocos pensadores, la fealdad ha sido el distintivo de los malos, los locos o los peligrosos. En el siglo XVI Francis Bacon escribía: “Las personas con deformidades están desprovistas de afecto natural”. También Hegel entendió la belleza, o su ausencia, como una expresión de la altura espiritual. Unos 100.000 años de experiencia biológica y más de 20 siglos de reflexiones de este tipo han calado hondo en todos nosotros.

¿Y qué puede hacer una sociedad para sobreponerse a tamaños prejuicios? Mónica Ceño, una licenciada en Bellas Artes que es el alma mater de Labroom, un centro madrileño de asesoramiento estético, propone que hay que conceder y reconocer a nuestra imagen la dimensión importante que tiene (“la persona es un todo, y para que se dé un equilibrio tienen que estar equilibradas sus tres dimensiones: la física, la espiritual y la intelectual”) y que hay que aprender a cultivarla, de la misma manera que aprendemos a leer, o adentrarnos en las dimensiones espirituales. “No hay personas feas, pero hay muchas que no saben sacarle partido a la base con la que cuentan. Todos podemos mejorar mucho. Pero es importante aceptarnos como somos y no intentar imitar otros modelos”, explica.

Isidro Simón, un peón de albañil bilbaíno de 42 años, casado y padre de un hijo, propone justamente la receta contraria: no concederle importancia al aspecto. Es más, tomárselo con humor y, si cabe, divertirse con él. Así fue como, animado por su propia esposa, se presentó el año pasado al concurso de feos organizado por la comparsa Moskotarrak en las fiestas de Bilbao y lo ganó.

Elvira Ródenas, vicepresidenta de la Sociedad Española de Medicina y Cirugía Cosmética, se apunta también a la teoría de que todos podemos mejorar. Pero habla, además, de algo que podría entenderse como una especie de mecanismo de compensación que nos regala la propia naturaleza: “Las personas feas, con la edad, mejoran. Las que son guapas, por el contrario, empeoran mucho”. Un consuelo.

Grandes acomplejados


Pese a su genialidad, su poder o su inteligencia, no fueron bellos y esto amargó su existencia.

Insegura

Eleanor Roosevelt fue una de las primeras damas más interesantes e inteligentes de los Estados Unidos, pero cuando le preguntaron si había algo de lo que se arrepentía dijo: “Hubiera querido ser más guapa”.

Calva

Pese a las suposiciones más extendidas, Cleopatra, reina de Egipto y amante de Julio César y Marco Antonio, no era hermosa. La alopecia la persiguió desde la adolescencia y además tenía nariz de caballete.

Bajito

Napoleón fallaba en un requisito del cánon de belleza masculino: la altura. Hay quien explica en ello sus ansias de poder. Se dice que los hombres bajos que actúan con dureza tienen “complejo de Napoleón”.

Narigudo

León Tolstoi escribió sobre sí mismo: “Me sumía en la desesperación. Pensaba que no podía existir felicidad en la tierra para un hombre de nariz tan ancha, labios tan gruesos y ojillos tan diminutos como los míos”.

Tullido

La rotura de ambos fémures condenó al pintor Henry Toulouse-Lautrec a caminar dificultosamente sobre dos medias piernas. Además, tenía unos labios extremadamente gruesos. Vivió amargado por su figura.

La fea

Bette Davis fue poco atractiva en una época en que las bellezas inundaban Hollywood. Quizá por ello se convirtió en el paradigma de la actriz de carácter. Su autobiografía se tituló “La vida solitaria”.

Fuente: http://www.elmundo.es/magazine/2001/114/1007133281.html