domingo, 27 de septiembre de 2009

Las hogueras de la Inquisición

Las hogueras de la Inquisición



La Inquisición fue instituida por el Papa Lucio III en el sínodo de Verona, Italia, en 1183. Desde entonces se excomulgó y castigó a quienes contravenían las leyes establecidas por el Estado y la Iglesia; muchas de las cuales no sólo estaban destinadas a erradicar los grupos disidentes que el tribunal eclesiástico creía peligrosos, sino también a moralizar en grado extremo la conducta de la mujer.

La Inquisición fue una maquinaria de represión, cuya misión era velar por la pureza de los principios religiosos, impedir la propagación del protestantismo y de las ideas materialistas, consideradas nocivas para la pureza del catolicismo. La historia de la Inquisición, en realidad, marcó el inicio de un pulso mortal entre intolerancia y libertad, entre el autoritarismo estatal y la independencia intelectual del individuo, entre el fanatismo religioso y el espíritu racionalista.

El concilio de Tolosa, en el año 1229, decretó el establecimiento, en dicha ciudad, de un tribunal encargado de descubrir y castigar a los herejes, con el concurso de la autoridad secular. Finalmente, tres bulas del Papa Gregorio IX, publicadas en 1231 y 1233, organizaron y extendieron a toda la cristiandad esta institución. La herejía era el objeto propio de la competencia de la Inquisición, pero, por extensión, este tribunal abarcó igualmente los crímenes de apostasía, hechicería y magia. Sus fallos eran inapelables, y todas las autoridades debían prestarle apoyo en toda ocasión, so pena de cometer ellas mismas un crimen tan grave como el de la herejía. Tres rasgos caracterizaban su procedimiento: el secreto riguroso de la información judicial; la aplicación, al culpable arrepentido, de penitencias llamadas saludables; y la persistencia de la jurisdicción inquisitorial hasta más allá de la tumba.

La Inquisición española fue instituida por el Papa Sixto IV a petición de los Reyes Católicos en 1478, la misma que se puso en marcha en 1480, bajo la tutela del dominico fray Tomás de Torquemada, el prior que, a los 62 años de edad, se convirtió en el martillo de herejes y montó un aparato represivo contra millares de personas que fueron acusadas por el Santo Oficio de conspirar contra la Iglesia y mantener pactos con el diablo. A su muerte, acaecida el 16 de septiembre de 1498, le sucedió en el cargo fray Diego de Deza, y el Santo Oficio, que desató el pánico y el terror entre sus opositores, se prolongó por más de tres siglos, sobreviviendo a dinastías, guerras y críticas. Durante los primeros años de vida de la Inquisición española, la represión fue feroz y la inquina de unos y de otros hizo que proliferaran las torturas y las condenas a muerte. Las gitanas eran echadas a la hoguera por brujas y los judíos por propagar herejías contra el cristianismo. La cifra más moderada de esta matanza es de 2.000 personas quemadas en la hoguera y más de 25.000 procesados, de los cuales el 90% fueron judíos conversos.

Desde el punto de vista de la antropología social, se sabe que las brujas eran mujeres cuyas conductas contravenían las normas impuestas por la sociedad patriarcal, en la cual el Estado y la Iglesia -instituciones dominadas exclusivamente por los varones- controlaban los dichos y hechos de la población femenina, así como se controlaba y censuraba al primero que tenía la osadía de demostrar, por medios científicos, que en las Sagradas Escrituras no estaba toda la verdad ni todas las leyes que rigen la naturaleza. Éste es el caso de Galileo, Copérnico y Giordano Bruno (1548-1600), quien, acusado de herejía por la Inquisición, fue condenado a muerte y ardió en una hoguera de Roma. En los hechos, este filósofo del Renacimiento, declarado el primer mártir de la libertad de expresión, fue adversario encarnizado de la Iglesia, de la escolástica y del oscurantismo religioso. Enriqueció el sistema astronómico de Copérnico y desarrolló la tesis de la unidad material del universo compuesto por un número infinito de mundos semejantes al del sistema solar. No pudo emanciparse totalmente de la influencia de la teología, lo que se constata cuando identifica a Dios y la Naturaleza, pese a que sostiene que materia y movimiento son inseparables. Giordano Bruno, tras permanecer varios años en el exilio, ejerciendo la docencia universitaria en Suiza, Francia, Inglaterra y Alemania, retornó en 1591 a Italia, donde el Santo Oficio lo condenó a seis años de prisión antes de conducirlo a la hoguera.

Cruzada contra brujas y herejes

En ninguna otra época como en el feudalismo, los poderes de dominación hicieron tanto esfuerzo por demostrar "la naturaleza pecadora de la mujer". Se la acusaba públicamente de conjurar contra la Iglesia y de sostener pactos con el diablo. Si la mujer bebía de las fuentes del saber o curaba las enfermedades de sus vecinos, ganándose el respeto y la admiración, la Iglesia la consideraba su rival y se apresuraba a despertar la desconfianza en contra de ella. La acusaba de practicar el "arte de brujería" y se decía que su trabajo era "obra del mal", y mientras más era su capacidad de conocer los secretos resortes de la fertilidad, curar las enfermedades y, en definitiva, representar para las comunidades campesinas un poder incuestionable sobre la vida y la muerte, mayor era el riesgo de que los obispos la declararan "hechicera".

Cuando los monjes y los altos funcionarios del Estado fueron nombrados inquisidores oficiales, se lanzó una cruzada militar en contra de los herejes y se erogó una ley para condenarlos a la prisión o a la muerte. A los sospechosos se los mantenía en custodia, a muchos de ellos incomunicados y sin alimentación, hasta el día en que eran conducidos a una cámara de torturas, donde los inquisidores los inducían a "confesar su herejía", mediante métodos brutales que incluían: las amenazas con muerte en un madero, el tormento del caballete, la estrapada y el tormento del fuego; métodos de tortura que no tenían el fin de salvar el alma del reo, sino de promover el bien público y atemorizar al pueblo.

La bruja representaba a la mujer que había roto las normas que la sociedad impuso en la conducta del sexo femenino. Pero, a la vez, la bruja tenía connotaciones positivas y negativas, las cuales fueron remarcadas de diferentes maneras en diferentes épocas. Se creía que una bruja contaba con la ayuda de los poderes malos y buenos, que practicaba tanto la magia blanca como la negra, y representaba las pasiones y los instintos reprimidos por el mundo masculino. La bruja, más que ser portadora del mal, era la encarnación del caos. De ahí que su capacidad para eludir las leyes del mundo físico y moral, sus aberraciones sexuales y sus diabólicos sacrificios, fueron las causas del terror que provocaba en las poblaciones, pero también las que le concedían un indiscutible prestigio social.

La bruja encarnaba, asimismo, un cierto espíritu de revuelta, una forma diabólica de subversión general contra el orden establecido por el Estado y la Iglesia. Por eso su figura se asociaba a la idea de una conspiración universal contra la sociedad y sus instituciones, en secreta conexión con las fuerzas del mal; un hecho que motivó la brutal represión desatada contra ellas por la Inquisición, cuya finalidad era inquirir y castigar los delitos contra la "Doctrina de la Fe".

Documentos y mitos sobre la brujería

La primera obra publicada sobre la brujería, "Fortaliciun Fidei", data de 1464. Ocho años después de haber sido publicada la Biblia en la imprenta de Gutenberg. El libro "Malleus Maleficarum" (El martillo de la bruja), escrito por dos dominicanos fanáticos y publicado en 1486, tuvo un éxito inesperado y alcanzó varias ediciones en alemán, francés, italiano, inglés y español. La obra fue adquirida tanto por los círculos de católicos como por el público interesado en los asuntos del Santo Oficio, una institución que ingresó a la historia universal como sinónimo del oscurantismo de la Edad Media.

La literatura inquisitorial retrató a la mujer marginal -bruja, santa barbuda, ermitaña, monstruo, monja visionaria, vampiresa, etc.- como un reflejo de misoginia. Se tratan de figuras que surgen de los cuadros (iconografías), de los refranes orales, de los textos de ficción o de los documentos confidenciales.

Cuando la mujer empezó a romper su rol tradicional y a despertar recelos en el hombre que veía en peligro su dominio, se le acuñó el apelativo de "bruja", con la intención no sólo de hacerla aparecer como aliada del demonio para desprestigiar su imagen, sino también para marginarla del sistema social establecido por la clase dominante y el clero. Las mujeres consideradas "malignas" estaban sintetizadas en la expresión: "¡demonio de mujer!". No pocos exploraron el personaje mítico de la mujer barbuda, como expresión del travestismo, para indicar "un doble no deseado para la mirada masculina". Es más, algunos señalan que la mujer masculinizada ocupó un espacio importante en la hagiografía cristiana, a través de la hembra disfrazada de hombre en conventos y mediante la adquisición de abundante pelo que neutralizaba el apetito sexual masculino.

Según cuenta la tradición occidental, las brujas se reunían en vísperas de San Juan y durante la Semana Santa; ocasiones en las cuales se celebraban ceremonias dirigidas por el diablo. Allí se iniciaban las novicias por medio de orgías sexuales, en las que se incluían niños y animales, y donde no faltaban los rituales de canibalismo y magia negra. Unos decían que las comidas y bebidas que consumían las brujas estaban preparadas a base de la grasa de niños recién nacidos, sangre de murciélagos, carne de lagartijas, sapos, serpientes y hierbas alucinógenas; en tanto otros aseveraban que los niños que volaban hacia las reuniones, montados en escobas, en horquillas para estiércol, en lobos, gatos y otros animales domésticos, eran adiestrados por el Lucifer de los infiernos.

¿Quién era acusada de bruja?

1. La mujer que practicaba maleficios o causaba daños a través de medios ocultos; 2. la mujer que pactaba con el diablo en calidad de sierva; 3. la mujer que volaban por las noches y tenía malas intenciones, como la de comerse a los niños pequeños o inducir a los hombres al amor pecaminoso; 4. la mujer que pertenecía a una secta satánica o asistía a reuniones sabáticas en cuevas secretas.

Para que la Inquisición pudiera dar con los herejes y los opositores de la Iglesia, usó todos los medios posibles, incluso a los niños, quienes podían acusar a sus padres de asistir a reuniones sabáticas y mantener relaciones con el diablo. Los inquisidores estimularon la delación entre los niños, en ellos encontró a sus mejores testigos a la hora de procesar a los acusados ante los tribunales del Santo Oficio. La Inquisición usó también el silencio y la marginación de las mujeres emancipadas para combatir y contrarrestar su voluntad de hierro, que les permitía romper las cadenas de opresión y acceder a las posiciones controladas por los hombres. Así, a las mujeres emancipadas, que fueron acusadas de brujería y blasfemias contra Dios, las sometieron a los suplicios de la tortura y las dejaron arder como antorchas en la hoguera.

Las acusaciones que se le imputaban, sin embargo, estaban referidas sólo al "arte de magia" que practicaban, pues se decía que la bruja pactaba con el diablo, quien, según la Iglesia y los tribunales, le concedía un poder real y temible, que iba "del maleficium al pactum" y de los prejuicios mágicos al desprecio de Dios. La bruja encarnaba, además, un cierto espíritu de revuelta, una forma diabólica de subversión general contra el orden establecido por el clero y el Estado. De modo que su figura se asociaba a la idea de una conspiración universal contra la sociedad y sus instituciones, en secreta conexión con las fuerzas del mal; hecho que motivó la brutal represión desatada contra ellas por parte de la Inquisición.

La imagen de la bruja, por estar presente en el contexto social y económico, era un peligro enclavado en la capa más profunda de la psiquis humana, en las experiencias elementales de los impulsos y los misterios, en los grandes temores y el éxtasis. Por eso los hombres proyectaban en la bruja sus concepciones del temor y su atracción por la sexualidad femenina, en esas fuerzas ocultas que hasta hoy están asociadas con el estereotipo de la mujer seductora.

El "Malleus maleficarum", que determinaba las actitudes de los inquisidores hacia el cuerpo de la mujer, era un archivo de supersticiones, arrogancia sagrada y estúpida crueldad que condensaba la cultura medieval contra la mujer. Los verdugos no cesaban de pinchar con enormes agujas la garganta, la vagina o los pies de las mujeres en su afán de encontrar en alguna parte del cuerpo el "pactum diabolicum", que era una suerte de marca sexual dejada por el diablo, pues el mayor pecado para la Inquisición, el que desataba la furia de Dios, era el pecado de la sexualidad, esa transgresión de la ley divina que dio origen a la imagen de la bruja, a quien se la acusaba de copular con el diablo, con ese personaje cubierto de plumas y provisto de un miembro viril enorme.

Para la Inquisición era inconcebible la idea de que la mujer fuese madre soltera o contrajese segundas nupcias. La madre soltera no tenía otra alternativa que desempeñarse o estrangularse a cambio de la flagelación en público. Las mujeres adúlteras y prostitutas eran lapidadas o echadas a la hoguera, y junto a ellas se las acosaba con furor a quienes comían carne en viernes o se cambiaban de ropa en sábado.

Ya entonces se clasificó a las mujeres en dos categorías: a las "buenas" se las protegía y respetaba, y los hombres, que tenían el privilegio de desposarlas, las trataban como "joyas preciosas" entre las reliquias de su propiedad; en cambio a las mujeres "malas", que eran más independientes y experimentadas en el amor, se las despreciaba públicamente, como si pagaran caro el precio de su libertad. La mujer "joven y bella", en contraposición a la mujer "vieja y fea", era otro estereotipo propio de la época. Si un hombre contraía matrimonio con una mujer "joven y bella" se ganaba la admiración de los suyos. Pero si contraía matrimonio con una mujer "vieja y fea" se creía que entre medio hubo arte de sortilegio, aunque a la hora de la verdad ambas eran tratadas como objetos de placer y propiedades privadas del hombre.

Las mujeres "malas" eran representadas como brujas, con verrugas en la nariz y los pelos desgreñados, y quienes, cabalgando sobre escobas, volaban hacia sus reuniones sabatinas, donde preparaban bebidas mágicas y salvas que tenían la propiedad de inducir a los hombres hacia el amor pecaminoso. Las mujeres dulces y coquetas, que atraían a los hombres con el hechizo de su belleza, eran también consideradas corruptoras del género humano, y que, por lo tanto, merecían la muerte.

Expansión y carnicería humana

La persecución a las mujeres por "brujería" o "hechicería" duró varias centurias, mas se intensificó en los siglos XV y XVI, cuando miles perdieron la vida en manos de los inquisidores, quienes expandieron la "caza de brujas" a otros continentes tras la circunnavegación.

Cuando los conquistadores arribaron a América a fines del siglo XV, traían consigo las plagas bíblicas y las enfermedades venéreas, y, aparte de prohibir a sangre y fuego las creencias y costumbres sexuales de los indígenas, se aplicaban las normas sagradas de la Inquisición.

Al retornar a la Europa del medievo, llevándose el oro y la plata, que eran las llaves que abrían las puertas del paraíso en el cielo y las puertas del capitalismo mercantilista en la tierra, llevaban también consigo la proliferación de la sífilis, que los inquisidores consideraban una enfermedad propia de las relaciones promiscuas, transmitidas por prostitutas y amantes. De modo que, en 1509, se expulsó de la ciudad de Venecia, Italia, a más de 11.455 prostitutas, como una forma de ahuyentar el mal que causaba estragos entre los aventureros de la mar.

Los historiadores dan cuenta de muchos crímenes cometidos por los inquisidores en el Viejo Mundo, entre ellos, el de la ciudad de Fulda, Alemania, donde perecieron 700 brujas en la hoguera, el de la zona italiana de Lago Como, donde mataron al año no menos de 100 mujeres acusadas de mantener contactos con el diablo, el de la ciudad de Salem, Nueva Inglaterra, donde 400 mujeres fueron acusadas de practicar brujerías, de las cuales 20 fueron degolladas, 150 encarceladas y las demás ardieron como antorchas iluminando el rostro de sus verdugos.

La "caza de brujas" se expandió rápidamente desde los Alpes y Pirineos franceses y los países escandinavos. A comienzos del siglo XVII, la Inquisición, que perseguía a las brujas de Zugaramundi, montó un auto de fe en Logroño en 1610. El resultado fue: 80 ahorcados a favor del francés Pierre de Langres contra 12 condenados al fuego por el Santo Oficio de España, país donde se dieron numerosos casos de brujería a lo largo del siglo XVI, casi todos localizados en Navarra y La Rioja. Menéndez Pelayo habla, por ejemplo, de un proceso abierto en 1527 por la Inquisición de Navarra contra 50 mujeres que habían tenido trato con el diablo, quien, presentándose ora como guapo, ora como macho cabrío, celebraba con ellas "estupendas y nefandos aquelarres".

En el año 1513, en el lapso de tres meses, fueron procesadas 5.000 mujeres en Génova; 7.000 en Trier y 1.500 en Bamberg; en Noruega, el proceso que siguió a cientos de mujeres, acusadas de practicar brujería, se intensificó entre los años 1560 y 1610; en Suecia entre los años 1666 y 1676; en Dinamarca entre los años 1536 y 1693. El 90% de las acusadas eran mujeres y las dos terceras partes de ellas eran mayores de cincuenta años de edad. En toda Europa, según fuentes históricas, la cifra de mujeres que perecieron bajo los castigos de la Inquisición fluctúa entre 40.000 y 70.000, sin contar a las menores de edad.

El tribunal de la Inquisición existió en Portugal desde 1557 hasta 1826; en Alemania fue suprimido en 1775, tras el advenimiento de la Reforma protestante; Polonia en 1704; Francia en 1745; Suiza en 1782; Italia en 1870. En España fue suprimido por Napoleón en 1808; pero, restablecido luego en 1814, duró aún hasta 1820. Empero, la Congregación de la Inquisición romana y universal o del Santo Oficio, presidida por el soberano pontífice y juez supremo de todo crimen contra la fe, funciona todavía hoy, ejerciendo soberana censura sobre los libros y doctrinas, si bien, a partir de la reforma llevada a cabo en el Concilio Vaticano II, pasó a denominarse Congregación para la Doctrina de la Fe.

Los crimines perpetrados por la Inquisición, además de haber sido un modo de santificar los conventos, sirvió para justificar el celibato de monjas, cuya conducta hizo que muchos padres impongan a sus hijas una vida recatada. A muchas las tenían recluidas en la alcoba, con una educación que no salía del marco de las ocupaciones domésticas y procurando que su única distracción fuese la de ir a misa los domingos. De ahí que si alguien pregunta: ¿Cuál fue la institución más sombría de la historia? La respuesta es categórica: la Inquisición, ese instrumento político y religioso que, establecido en el siglo XI y abolido recién en el siglo XIX, sirvió para perseguir a protestantes, judíos, gitanos, brujas y herejes.

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Fuente: http://www.bolpress.com/art.php?Cod=2009092402