domingo, 15 de agosto de 2010

Canalizadores manipulados III

Por ser un fenómeno muy afín a la iluminación y por ser, al mismo tiempo, otra manera privada de manifestarse los dioses, diremos algo de la llamada «escritura automática».
Este insidioso fenómeno, tan propenso a hacer fanáticos y que ha tenido y tiene engañadas y esclavizadas a tantas personas, consiste en recibir del «más allá» mensajes y comunicaciones de muy diverso contenido y de una manera específica. Los mensajes a veces son oídos claramente por el humano (que enseguida los pone por escrito), pero más frecuentemente no son oídos sino que es la mano la que los percibe directamente, poniéndose ésta en movi¬miento y escribiendo de una manera automática, sin que la mente sepa qué es lo que la mano va a escribir.
Ante un fenómeno tan extraño, lo más normal es que el sujeto que lo experimenta crea que ha sido «escogido» y se brinde volun¬taria y alegremente a hacer su papel de receptor y de mediador. Pero la triste verdad es que está siendo víctima de un abuso y de una indebida intromisión en sus procesos mentales. Muy proba¬blemente cuando en el futuro quiera rebelarse contra tal papel de «mediador» o de «receptor» ya le será totalmente imposible y contra su voluntad tendrá que escribir horas y horas, «mensajes» que lo mismo pueden ser de las más bellas concepciones filosófi¬cas, místicas o poéticas que estar llenos de groserías y necedades sin sentido. También es frecuente que al principio de la experiencia los mensajes que reciben sean positivos, pero a medida que pasa el tiempo se vayan haciendo vulgares.
Lo malo de todo ello es que mucha gente pasa automática¬mente de la innegable realidad objetiva del fenómeno, a atribuirle una bondad y una utilidad que dista mucho de tener.
Una de las cosas que más ata la mente de los que practican la escritura automática son las «profecías» que mediante ella reciben. Al ver que algunas de ellas (de ordinario intrascendentes y sin importancia) se cumplen tal como habían sido predichas, caen en la trampa de creer que las más importantes se van a cumplir de igual manera, cosa que repetidamente se ha comprobado no ser verdad. Estas «profecías» importantes suelen referirse casi sin excepción a grandes catástrofes. Sin embargo, pese a su reiterado incumplimiento, los receptores de estas «profecías» seguirán impertérritos recibiendo «mensajes» en los que se les explica por qué no se cumplió la profecía y para cuándo se ha pospuesto el cataclismo.
Un ejemplo perfecto de lo que estamos diciendo lo tenemos en el autor francés Maurice Chatelain. En su libro «El fin del mundo» (J. Granica Ediciones, Barcelona) podemos ver cómo un científico de primera categoría como él (trabajó muy activamente en la NASA en el Proyecto Apolo) cae en la trampa de la «escritura automática» y nos dice las increíbles cosas que podemos leer en su libro. Junto a su innegable erudición, de la que hace gala en los interesantísimos datos científicos que nos da, tenemos «profecías» como la que nos dice que en el año 1982, si no ocurría el fin del mundo, habría grandes cataclismos. Y en el año 1982 no hubo cataclismos extraordinarios al igual que no los habrá en 1999, ni en el año 2000 ni en ninguno de los años que Chatelain nos indica. Emmanuel Swedenborg, otro científico de prímerísima línea en su tiempo, (siglo XVIII), que fue también víctima involuntaria del mismo fenómeno, fue más crítico en sus apreciaciones y nos dejó este inestimable consejo:
«Cuando los espíritus le comienzan a hablar a un hombre, éste debe guardarse muy bien de creerles nada de lo que le digan. Porque casi todo lo que dicen son mentiras inventadas por ellos. Cuando hablan de cómo son las cosas de los cielos y de cómo es el universo, dicen tantas mentiras que uno se queda asombrado».

Fragmento del libro "Defendámonos de los dioses", por Salvador Freixedo