jueves, 24 de noviembre de 2011

América mágica


 Sacado del libro "Amériga mágica" de Jorge Magasich y
Jean-Marc De Beer

EPÍLOGO

La época en que los mitos americanos movilizaron a los conquistadores ha dejado
numerosas huellas geográficas. California era el nombre de una comarca situada cerca del
Paraíso, según el romance de caballería “Amadís de Gaula”. Patagonia era la tierra del
Patagón, un personaje de “Primaleón”, otro romance de caballeros andantes. Guayana proviene
del mítico imperio de “Guiana” donde estaban el lago Parime y Manoa, la capital de
El Dorado. Las Islas Salomón deben su nombre a una expedición que llegó hasta ellas en
busca de las minas del rey bíblico. El Río de la Plata y Argentina encarnan el deseo de
encontrar la “Noticia Rica” y la “Sierra de la Plata”. El archipiélago de las Antillas evoca la
mítica ínsula de “Antilia”. Y el Río más caudaloso del planeta debe su nombre a la nación
de mujeres guerreras.
Los sentimientos sociales que hoy llamamos “mitos”, en tiempos del Renacimiento
formaban parte del mundo que los europeos intuían como real. La frontera entre lo perceptible
y lo imaginado era entonces incierta. Cuando los exploradores reunían informaciones
sobre la faz oculta del planeta, la creencia en mundos y seres imaginarios, descritos por la
tradición y las Escrituras era una fuente de información, a veces tan importante como los
descubrimientos geográficos y avances tecnológicos.
Estas dos maneras de percibir la realidad coexisten en los hombres que emprendieron
los descubrimientos. Se esforzaban en conocer los nuevos mares y continentes,
midiéndolos y confeccionando cartas, y, al mismo tiempo, situaban en ellas las comarcas
imaginarias. El descubrimiento de América produjo un curioso y singular desplazamiento
mental. Los mitos que el subconsciente colectivo de los pueblos europeos había situado en
el Lejano Oriente, entonces prácticamente inaccesible, fueron transferidos al Nuevo Mundo,
que sí estaba al alcance de los navíos europeos. Quizá por primera vez en la historia, los
europeos creyeron poder llegar a los mundos de ensueño. Bastaba cruzar el océano y emprender
la conquista de nuevas tierras. Allí asechaban terribles peligros, pero los espera la
suprema recompensa: el codiciado oro, a raudales.
La asociación entre mundos imaginarios y riquezas que se produce en la mente de
los colonizadores, será un elemento motor en la colonización. La primera generación de
descubridores, como Colón y Vespucio, buscará sobre todo el oro en lugares míticos que
figuran en las Escrituras, como el Paraíso, las minas del rey Salomón, o en creencias antiguas
como el Aurea Quersoneso. En cambio sus sucesores –los conquistadores– se empecinan
en hallar imperios tan o más ricos que el de los Aztecas o el de los Incas, saqueados por
Cortés y Pizarro.
Una vez emprendida la colonización, la mitología se adaptó a los fantasmas de los
conquistadores adquiriendo colores americanos. Durante el siglo XVI y parte del XVII,
centenas de expediciones que soñaban con imperios y ciudades doradas, recorrieron el
continente en busca de El Dorado, Cíbola, El Paitití y los Césares. Estos productos de la
imaginación colectiva motivaron la acción de los conquistadores y constituyen una de las
causas de la exploración y del poblamiento europeo de América.
La búsqueda de las ciudades doradas, durante al menos dos siglos, modeló a los
conquistadores y a sus sucesores. Para ellos, el enriquecimiento no era asunto de trabajo,
ahorro ni acumulación. Era acelerado, impetuoso. Resultaba del desprecio a los peligros
que asechan en el camino de la ciudad oculta, la apropiación de sus tesoros y el inevitable
saqueo final. Las generaciones siguientes no encontraron ciudades doradas pero buscándolas
se apropiaron de inmensos territorios y de los indios que los poblaban, institucionalizados
como las “encomiendas”. La conversión de aventureros en grandes propietarios de tierras
e indios, generó comportamientos de aversión a una actividad tan vulgar como el trabajo y
un sentimiento de honra medieval, dominante y racista, asociados a la fortuna obtenida a
través del despojo. Este sistema de valores formó la personalidad de los señores de América
y en algunos casos permite explicar conductas actuales.
El comportamiento de españoles y portugueses frente a los mitos fue diferente.
Para los españoles, el descubrimiento y la apropiación de las tierras americanas es la continuación
de las guerras que los reinos ibéricos-cristianos libraron contra los reinos
ibéricos-musulmanes y contra la población ibérica-judía. Sin que estuviera en sus planes,
los soldados cristianos llegaron a un nuevo continente donde prosiguieron de cierta manera
la Reconquista. Los movía el espíritu misionero alimentado por los romances de caballería
y la literatura religiosa. También la intolerancia y la negación del otro. Creyeron fácilmente
en seres y tierras fabulosas; la racionalidad interviene sólo en una pequeña parte de sus
motivaciones.
Los portugueses, en cambio, habían terminado la Reconquista dos siglos antes.
Durante el siglo XV exploraron sistemáticamente las costas africanas en busca de la ruta
hacia el Oriente. Sus objetivos eran pragmáticos: comerciar directamente con los productores
de especias e instalar colonias productivas que pronto tomarían la forma de plantaciones
esclavistas. Su acción responde a un plan extremadamente racional y rara vez partieron
tras paraísos o imperios dorados.
Los mitos nacieron, vivieron, actuaron y finalmente se han diluido en el olvido.
Aunque no totalmente. El mundo que nos rodea está impregnado de mensajes que insi223
núan el retorno a una inocencia primitiva o proponen substancias extraídas de la naturaleza
salvaje capaces de atenuar las huellas de envejecimiento. Se evoca (a veces con intención
discriminante) la horda de seres sin rostro, innumerables, que podría invadir el mundo
desde el Oriente. Tampoco faltan las fábulas sobre lugares inexplorados –en la tierra, las
profundidades del mar o el cosmos– que podrían estar poblados por seres monstruosos,
como tiburones descomunales, la bestia de loch Ness, el Yeti o el Alien de Ridley Scott.
Estos seres contemporáneos no son tan diferentes del terrible grifo o de los ejércitos de
acéfalos ewaipanomas.
Las sociedades humanas conservan temores seculares que no se han desvanecido y,
al mismo tiempo, acarician el viejo sueño de encontrar al fin la Edad de Oro. Este es probablemente
el hilo conductor que une el Paraíso que Cristóbal Colón creyó percibir en el
Nuevo Mundo, con los proyectos de sociedades utópicas del Siglo de las Luces y con los mitos de nuestros días.